MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 257 FEBRERO DEL AÑO 2020 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com icono facebook icono twitter

La barbarie en escena

Por: Damián Rúa Valencia. Magister en Literatura Francesa comparada Universidad de Estrasburgo – Francia
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Hace mucho tiempo, antes de la primera guerra mundial, el 29 de mayo de 1913 para ser exactos, sucedió algo que a mí me cuesta un poco creer. En el recién inaugurado Théâtre des Champs Elysées, en pleno corazón de París, el estreno de una obra de música clásica causó un escándalo digno de un concierto de rock. Se trata del ballet La consagración de la primavera de Ígor Stravinski que se estrenó en presencia del compositor y de varias celebridades de la época.

El escándalo de aquella primera noche nunca se repitió, sea debido al esnobismo de los otros públicos que no querían imitar el descalabro de los franceses, o debido a que en las siguientes representaciones se incluyó un texto a manera de prólogo que explicaba la intención del autor.

Stravinski, que por ese entonces contaba 31 años, no era sin embargo un desconocido en la vida artística parisina. Había triunfado antes con Petrushka y el Pájaro de fuego, obras de cierto tinte exótico en las que el compositor explora el legado musical eslavo y que estaban marcadas por la influencia de Rimski Kórsakov, su maestro. Las obras habían sido compuestas para los ballets rusos que dirigía Serguéi Diáguilev. El empresario confiaba plenamente en el talento del joven compositor del que habría declarado alguna vez, al final de un concierto: “Mírenle bien, es un hombre que está a punto de alcanzar la celebridad”. Por otro lado, los ballets rusos no eran desconocidos en absoluto. Cada año, los franceses esperaban la nueva temporada de la compañía, que les proponía un repertorio innovador. Colaboraron con él otros músicos de renombre, como Claude Debussy, cuyo Preludio a la siesta de un fauno había causado cierto revuelo, Maurice Ravel, Erik Satie y Manuel de Falla, y artistas como Pablo Picasso y Henri Matisse.

La obra de Stravinski hace parte de una corriente de vanguardia que intenta renovar los códigos artísticos de la época. Pero entonces ¿por qué tal alboroto precisamente por ésta y no por la otras? El propio autor diría más tarde, durante una serie de conferencias en la Universidad de Harvard, que la clave reside, no tanto en las innovaciones de la partitura en cuanto a la disposición orquestal o a este o a aquel atrevimiento armónico, sino más bien al “ente musical” en sí. Es decir, en cuanto a lo que significa la música, a la que Stravinski se rehusaba a reconocer cualquier función expresiva. Para él, no estaba hecha para transmitir los sentimientos del autor, como se piensa normalmente, sino, según sus propias palabras, para “instaurar un orden en las cosas, especialmente un orden entre el hombre y el tiempo”.

Así, la consagración se asemeja más a un cuadro violento que a una bonita música para tararear a la salida del concierto. Y con razón, pues la trama no es precisamente romántica. Aunque no hay una intriga como tal, Stravinski cuenta que la obra pone en escena una serie de ritos y ceremonias de la Rusia arcaica: un grupo de viejos observa bailar hasta la muerte a una joven virginal que ellos han escogido como sacrificio al dios de la primavera Larilo. El ballet dura habitualmente unos 30 minutos y se divide en dos cuadros: “La adoración de la tierra” y “El sacrificio”. Dos bloques sinfónicos que comienzan con una melodía suave y terminan en una apoteosis sonora que busca reflejar la violencia de la llegada de la primavera rusa. Para ello, Stravinski superpone melodías, acordes y células rítmicas independientes que, en vez de desarrollarse, se repiten obsesivamente, se entremezclan y se chocan, como en una película de terror que mantiene en suspenso y pone los pelos de punta.

Pero la noche del estreno, el thriller se vivía afuera, frente al escenario. Cuando el fagot comenzó a interpretar las agudas notas, en el límite del registro del instrumento, que dan inicio al tema lento de la “Introducción”, algunos de los asistentes empezaron a silbar; y para cuando el telón se alzó y la orquesta interpretó los ritmos primitivos y violentos de los “Augurios de primavera”, y los bailarines, en vez de hacer delicados y gráciles movimientos, comenzaron a hacer toscos pasos de ritual ancestral siguiendo la coreografía de Vaslav Nijinsky, el bullicio era tal que sorprendentemente no se podían escuchar los potentes acordes de la obra. Tanto fue el alboroto que, al finalizar el primer acto, Serguéi Diáguilev hizo encender las luces para que la policía, que había sido avisada, conminara a los revoltosos a abandonar la sala. Pero, una vez apagadas, no tardó en reanudarse el bullicio, que ahora se prolongó hasta el final.

Diáguilev, que tenía un agudo sentido de los negocios, parecía haber previsto, sin embargo, la reacción adversa de esa noche. Temiendo los desmanes, había advertido a los bailarines que, en tal caso, conservaran la calma y continuaran con la función. También pidió a Pierre Monteux, encargado de dirigir la obra, que por ningún motivo dejara de tocar la orquesta.

El resto de la escena es casi cómica: Stravinski, que se hallaba entre el público, escapó malhumorado cuando comenzaron las rechiflas, y se dirigió a los bastidores, donde encontró a Nijinski trepado en una silla contando en voz alta para guiar la coreografía, y a Diáguilev acalorado y un tanto preocupado.

Desde los primeros compases, una parte del público comenzó a chiflar, a reír, a gritar, mientras que otra intentaba poner el orden también a gritos y, más tarde, a golpes. La situación derivó en una verdadera batalla entre los asistentes que se lanzaban improperios, objetos y, si lo hubieran tenido a la mano, quizá también al compositor.

Hoy en día, al terminar el sacrificio de la virgen elegida para bailar hasta la muerte en medio de la violenta llegada de la primavera rusa, que “es como si el mundo crujiera todo entero”, al decir del autor, al terminar el rito primitivo, solemos aplaudir civilizadamente. Pero cabe preguntarnos ¿qué era lo que estaban abucheando aquella noche de mayo? ¿Las disonancias? ¿El ritmo cojo y los repentinos cambios de métrica de la obra? O más bien, el público había sido sometido por la barbarie de la obra y experimentaba las mismas emociones que veía en escena, en una suerte de catarsis. Por eso después del aparente fracaso de la primera representación, Diáguilev, siempre con su buen sentido de los negocios, declaró acerca de la obra que esta era: “Exactamente lo que yo quería”.


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