MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 237 JUNIO DEL AÑO 2018 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com

Nieves perpetuas

Por Julián H. Ramírez Urrea, MD, MSc. Médico internista, Hospital Universitario San Vicente Fundación. Jefe del Departamento de Medicina Interna, Universidad de Antioquia.
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H asta hace unos años en los textos de educación básica de Colombia, especialmente en los textos de ciencias sociales y biología, aparecía un llamativo y tranquilizador término para esa masa blanca y límpida que reposaba en las cúspides de los páramos y nevados: las nieves perpetuas. Creíamos que ese bello ribete de nuestra geografía, jamás desaparecería y que incluso, cuando fuéramos viejos, allí seguiría ese distinguido adorno de la naturaleza.

Pero pasaron los años y de forma silenciosa, casi subrepticia, dejó de aparecer aquella expresión en los libros, como si también hasta allí hubiera llegado la luz del sol y el calor emanado de la tierra, derritiendo ese par de palabras, sin dejar rastro. Aunque este hecho ha sido citado con frecuencia para ejemplificar uno de los innumerables efectos del calentamiento global, también nos sirve para ilustrar una de las constantes de la vida (además de la muerte o quizá la misma cosa): el cambio.

No existe ninguna realidad vital del ser humano que sea perpetua (salvo que estemos considerando otras realidades más metafísicas y más vale que esa discusión la dejemos en manos expertas). Todo cuanto nos circunda es factible de ser cambiado y a mayor resistencia a los cambios, mayor dolor padeceremos. Posiblemente, el cambio duela porque nos recuerda la caducidad de la vida: porque cambiar es morir un poco y es el indicio de que todo aquello, bueno o malo, no volverá a ser igual.

La búsqueda de sentido tampoco es inconmovible: las experiencias de la vida continuamente nos plantean el reto de su resignificación. Muchas veces, aquellas cosas, personas o circunstancias en las que hemos cimentado esa exploración vital, desaparecen. Y es allí que debemos recordar la importancia de fundamentarnos en nuestra esencia (lo que somos y las experiencias vitales que nos han constituido).

Si bien es cierto que “nadie se baña dos veces en el mismo río”, también es verdad que lo único perpetuo, es el cambio. Pero nuestra esencia ha de ser como el agua: puede evaporarse, puede congelarse o puede fluir y continuará siendo la misma, aunque con cosas, personas o circunstancias distintas.

¿Qué tiene que ver la espiritualidad en todo esto? Pues la espiritualidad, es una poderosa fuente de creatividad y aquí, podemos citar un nuevo ejemplo del agua: busca siempre fluir, a través o alrededor de una poderosa roca… puede tardar años en traspasarla o rodearla pero al final siempre desembocará en el mar. La creatividad está en el agua, que llega a su destino a pesar de los cambios físicos a la que está sometida. Nuestro sentido, explorado bajo la óptica creativa, puede variar en su forma de expresarse sin que la esencia se pierda en el vacío.

Así nosotros. Al final, quizá nuestra esencia sea en verdad, como las nieves perpetuas.


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