MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 5    NO 61 OCTUBRE DEL AÑO 2003    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

Significado de la fiebre amarilla
en la Colombia de 2003

Conrado Gómez Vélez, MD Especialista en evaluación de proyectos de salud pública y Magíster en estudios políticos conradog@aolpremium.com
Para comprender el significado del brote de fiebre amarilla que agobia el nororiente del país, resulta oportuno traer a la memoria otro evento acaecido en límites con Venezuela. Lo introduzco de la misma manera que acostumbro con estudiantes, para explicar como se puede leer, ver, escuchar y consentir, pero sin entender.
Como se recordará, durante 1995 apareció la epidemia de Encefalitis Equina Venezolana (EEV), una enfermedad viral que también puede trasmitirse a los humanos con consecuencias fatales.
Cuando aparecieron los primeros casos en el vecino país, originarios de un foco selvático, se le informó de su peligro con urgencia a Colombia desde Washington. Recuerdo que hubo inconformidades sobre las alertas con Venezuela, que luego fortalecieron un sistema binacional de vigilancia. Las comunicaciones de la Organización Panamericana de la Salud llegaron desde Estados Unidos en perfecto castellano y con palabras correctas; sin embargo, pasaron meses sin que se supiera que decían. El mensaje fue leído pero sólo interpretado con el auxilio de dos hechos: la aparición de los primeros casos en humanos, evidentes con la visita repentina de 800 enfermos diarios en centros de atención de la Guajira donde previamente sólo consultaban 20, por lo que, “algo estaba pasando”. En segundo lugar se contó con la ayuda de un campesino de la región, que señalo la “peste loca de los burros”, porque venía periódicamente y ahora parecía que se estaba repitiendo.
Con esta asistencia, los expertos se acordaron que la EEV era una enfermedad que sí existía, apareciendo cada que se renuevan las cohortes de equinos inmunizados con otras que carecen de defensas. Alguien cayó en cuenta que por ahí había llegado una comunicación urgente de Washington y que la epidemia anterior había avanzado hasta Texas por el norte y a la Patagonia por el sur en un tiempo pasmoso. Naturalmente, los problemas de comprensión exigieron unas investigaciones exhaustivas, de cuyos resultados no conozco. Me imagino que por lo bochornoso el tema no se explicó en esos términos, y el país se perdió de “darse cuenta”. Los periódicos en ese entonces le contaron a la opinión pública con hechos y datos que había una epidemia, pero sin trasmitir su significado. No hubo una reflexión nacional, crítica, distinta de las discusiones entre expertos.
Aunque en el caso de la fiebre amarilla que hoy nos ocupa se da una reacción institucional diferente, activa y decidida, la anécdota de la Encefalitis Equina Venezolana (EEV) es comparable y ejemplarizante. En ambos casos se trata de un problema fronterizo, selvático, difícil de atender, que nos amenaza sin preparativos suficientes. En uno y otro quedamos sorprendidos para demostrar que guerra avisada si mata soldado, aunque en esta oportunidad es fiebre amarilla, una amenaza peor y con ventaja, a la que al parecer le hemos tomado una confianza palpable en la incapacidad de asombro y de movilización nacional.
Alerta ignorada
Es prudente insistir que la fiebre amarilla es una enfermedad inmunoprevenible, que no debería extenderse como lo ha hecho. Su existencia en focos selváticos no excusa su propagación, habilitada por poblaciones sin vacunar en zonas de riesgo, ni siquiera considerando los problemas de orden público. El tránsito de personal por los reservorios de la fiebre amarilla es un hecho conocido, ante el cual deberían existir mejores preparativos.
Pero lo que más alarma es la despreocupación en la opinión pública del resto del país distinto del nororiente, que ve en esa región un punto aparte, donde ocurre algo impensable para el interior. Agréguese la tranquilidad de los comunicadores sociales y de los expertos, que no ayuda a construir una comprensión amplia de la ciudadanía. Sería bueno comparar sobre que saben más los colombianos, si sobre la fiebre amarilla en el país o sobre la neumonía atípica de la China, y sobre cual de ellas estamos mejor informados como para reconocerlas.
No hay en la ciudadanía perfecta cuenta de la oscuridad que transita, ni del tipo de peligro que nos reta. Se ignora que los sistemas de alarma epidemiológica están debilitados o desactivados, porque son varias las secretarías de salud de ciudades importantes sin un epidemiólogo, y muchas más las que no tienen sistema de vigilancia entomológica, ni hacen control de vectores. Estas incongruencias desnudan una debilidad reincidente del sistema de seguridad social para atender los problemas de salud pública, y de los colombianos para exigir medidas de protección social.
Sin duda, el Consejo Nacional de Seguridad Social está demorado para reunirse y repasar las circunstancias. La fiebre amarilla es una enfermedad temible, con una tasa de letalidad del 30% al 50%, que se trasmite por un mosquito residente en la mayor parte del país, incluyendo las cabeceras urbanas, justamente donde no existe cobertura de vacunación. Miles de personas transitan diariamente por vía terrestre o aérea en todas direcciones del país, así como también pueden trasladarse los vectores infectados.
Los Consejeros deberían sentarse ya mismo a calificar la capacidad de defensa por ciudad y departamento. Los mandatarios locales deberían ser advertidos de signos y síntomas, permanecer en estado de alerta y movilizar a la población entera para eliminar los criaderos de insectos. La letalidad del 69.6% del brote, que reporta el último informe SIVIGILA (Semana Nº30) habla de una epidemia sobre poblaciones sin defensas, sin acceso a los servicios y de un sistema de vigilancia que detecta tarde los casos. Este conjunto de debilidades puede ocasionar un daño enorme a la salud y a la economía del país, que por ahora le cuesta la vida a 35 colombianos.
Más que historia
No olvidemos que la fiebre amarilla y las guerras internas han sido las principales lacras que obstaculizaron el desarrollo de Colombia hasta 1925 y así están catalogadas en la mayoría de los libros de historia. Por su causa nuestro país no fue considerado sitio de llegada de emigrantes ni de comercio hasta hace ochenta años. La presencia de esta enfermedad ahuyentó las inversiones desde la colonia y fue motivo de ominosas restricciones comerciales. Recordemos la vigilancia que ejerció entre 1910-1920 la Comisión del Canal de Panamá, y que esta misma instancia vigiló directamente el desenlace de las epidemias de Cartagena y Cúcuta, y que la Dirección Nacional de Higiene de la época tenia que hilar delgadito, sometiendo a escrutinio de otros países el estado de salubridad colombiano. La posibilidad de volver a este tipo de medidas en el siglo XXI no se puede descartar. Una demostración reciente de su vigencia son las pérdidas comerciales y las restricciones al tránsito de personas que padecieron los países con neumonía atípica hace meses.
Aunque las comparaciones entre 2003 y 1910 ó la de la fiebre amarilla con el Síndrome Agudo Respiratorio Severo -SARS- parezcan lejanas, son completamente pertinentes. Un punto obligado para evaluar la seguridad social y la vitalidad de la vigilancia epidemiológica, particularmente en sus componentes locales y en el ciudadano como sujeto activo o incauto. Son muchos los que en voz baja ó en público observan la demolición de la salud pública, como para ignorarlos, porque los hechos les están dando la razón. Estamos muy lejos de permanecer alerta. Continuamos con problemas para interpretar con sentido avisos escritos en perfecto castellano y con las palabras correctas.
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