Para comprender el significado del brote de fiebre amarilla
que agobia el nororiente del país, resulta oportuno traer
a la memoria otro evento acaecido en límites con Venezuela.
Lo introduzco de la misma manera que acostumbro con estudiantes,
para explicar como se puede leer, ver, escuchar y consentir,
pero sin entender.
Como se recordará, durante 1995 apareció la epidemia
de Encefalitis Equina Venezolana (EEV), una enfermedad viral
que también puede trasmitirse a los humanos con consecuencias
fatales.
Cuando aparecieron los primeros casos en el vecino país,
originarios de un foco selvático, se le informó
de su peligro con urgencia a Colombia desde Washington. Recuerdo
que hubo inconformidades sobre las alertas con Venezuela, que
luego fortalecieron un sistema binacional de vigilancia. Las
comunicaciones de la Organización Panamericana de la
Salud llegaron desde Estados Unidos en perfecto castellano y
con palabras correctas; sin embargo, pasaron meses sin que se
supiera que decían. El mensaje fue leído pero
sólo interpretado con el auxilio de dos hechos: la aparición
de los primeros casos en humanos, evidentes con la visita repentina
de 800 enfermos diarios en centros de atención de la
Guajira donde previamente sólo consultaban 20, por lo
que, algo estaba pasando. En segundo lugar se contó
con la ayuda de un campesino de la región, que señalo
la peste loca de los burros, porque venía
periódicamente y ahora parecía que se estaba repitiendo.
Con esta asistencia, los expertos se acordaron que la EEV era
una enfermedad que sí existía, apareciendo cada
que se renuevan las cohortes de equinos inmunizados con otras
que carecen de defensas. Alguien cayó en cuenta que por
ahí había llegado una comunicación urgente
de Washington y que la epidemia anterior había avanzado
hasta Texas por el norte y a la Patagonia por el sur en un tiempo
pasmoso. Naturalmente, los problemas de comprensión exigieron
unas investigaciones exhaustivas, de cuyos resultados no conozco.
Me imagino que por lo bochornoso el tema no se explicó
en esos términos, y el país se perdió de
darse cuenta. Los periódicos en ese entonces
le contaron a la opinión pública con hechos y
datos que había una epidemia, pero sin trasmitir su significado.
No hubo una reflexión nacional, crítica, distinta
de las discusiones entre expertos.
Aunque en el caso de la fiebre amarilla que hoy nos ocupa se
da una reacción institucional diferente, activa y decidida,
la anécdota de la Encefalitis Equina Venezolana (EEV)
es comparable y ejemplarizante. En ambos casos se trata de un
problema fronterizo, selvático, difícil de atender,
que nos amenaza sin preparativos suficientes. En uno y otro
quedamos sorprendidos para demostrar que guerra avisada si mata
soldado, aunque en esta oportunidad es fiebre amarilla, una
amenaza peor y con ventaja, a la que al parecer le hemos tomado
una confianza palpable en la incapacidad de asombro y de movilización
nacional.
Alerta ignorada
Es prudente insistir que la fiebre amarilla es una enfermedad
inmunoprevenible, que no debería extenderse como lo ha
hecho. Su existencia en focos selváticos no excusa su
propagación, habilitada por poblaciones sin vacunar en
zonas de riesgo, ni siquiera considerando los problemas de orden
público. El tránsito de personal por los reservorios
de la fiebre amarilla es un hecho conocido, ante el cual deberían
existir mejores preparativos.
Pero lo que más alarma es la despreocupación en
la opinión pública del resto del país distinto
del nororiente, que ve en esa región un punto aparte,
donde ocurre algo impensable para el interior. Agréguese
la tranquilidad de los comunicadores sociales y de los expertos,
que no ayuda a construir una comprensión amplia de la
ciudadanía. Sería bueno comparar sobre que saben
más los colombianos, si sobre la fiebre amarilla en el
país o sobre la neumonía atípica de la
China, y sobre cual de ellas estamos mejor informados como para
reconocerlas.
No hay en la ciudadanía perfecta cuenta de la oscuridad
que transita, ni del tipo de peligro que nos reta. Se ignora
que los sistemas de alarma epidemiológica están
debilitados o desactivados, porque son varias las secretarías
de salud de ciudades importantes sin un epidemiólogo,
y muchas más las que no tienen sistema de vigilancia
entomológica, ni hacen control de vectores. Estas incongruencias
desnudan una debilidad reincidente del sistema de seguridad
social para atender los problemas de salud pública, y
de los colombianos para exigir medidas de protección
social.
Sin duda, el Consejo Nacional de Seguridad Social está
demorado para reunirse y repasar las circunstancias. La fiebre
amarilla es una enfermedad temible, con una tasa de letalidad
del 30% al 50%, que se trasmite por un mosquito residente en
la mayor parte del país, incluyendo las cabeceras urbanas,
justamente donde no existe cobertura de vacunación. Miles
de personas transitan diariamente por vía terrestre o
aérea en todas direcciones del país, así
como también pueden trasladarse los vectores infectados.
Los Consejeros deberían sentarse ya mismo a calificar
la capacidad de defensa por ciudad y departamento. Los mandatarios
locales deberían ser advertidos de signos y síntomas,
permanecer en estado de alerta y movilizar a la población
entera para eliminar los criaderos de insectos. La letalidad
del 69.6% del brote, que reporta el último informe SIVIGILA
(Semana Nº30) habla de una epidemia sobre poblaciones sin
defensas, sin acceso a los servicios y de un sistema de vigilancia
que detecta tarde los casos. Este conjunto de debilidades puede
ocasionar un daño enorme a la salud y a la economía
del país, que por ahora le cuesta la vida a 35 colombianos.
Más que historia
No olvidemos que la fiebre amarilla y las guerras internas han
sido las principales lacras que obstaculizaron el desarrollo
de Colombia hasta 1925 y así están catalogadas
en la mayoría de los libros de historia. Por su causa
nuestro país no fue considerado sitio de llegada de emigrantes
ni de comercio hasta hace ochenta años. La presencia
de esta enfermedad ahuyentó las inversiones desde la
colonia y fue motivo de ominosas restricciones comerciales.
Recordemos la vigilancia que ejerció entre 1910-1920
la Comisión del Canal de Panamá, y que esta misma
instancia vigiló directamente el desenlace de las epidemias
de Cartagena y Cúcuta, y que la Dirección Nacional
de Higiene de la época tenia que hilar delgadito, sometiendo
a escrutinio de otros países el estado de salubridad
colombiano. La posibilidad de volver a este tipo de medidas
en el siglo XXI no se puede descartar. Una demostración
reciente de su vigencia son las pérdidas comerciales
y las restricciones al tránsito de personas que padecieron
los países con neumonía atípica hace meses.
Aunque las comparaciones entre 2003 y 1910 ó la de la
fiebre amarilla con el Síndrome Agudo Respiratorio Severo
-SARS- parezcan lejanas, son completamente pertinentes. Un punto
obligado para evaluar la seguridad social y la vitalidad de
la vigilancia epidemiológica, particularmente en sus
componentes locales y en el ciudadano como sujeto activo o incauto.
Son muchos los que en voz baja ó en público observan
la demolición de la salud pública, como para ignorarlos,
porque los hechos les están dando la razón. Estamos
muy lejos de permanecer alerta. Continuamos con problemas para
interpretar con sentido avisos escritos en perfecto castellano
y con las palabras correctas. |