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Fernando
Londoño Martínez - elpulso@elhospital.org.co
Una de las dificultades más
graves que tenemos quienes nos dedicamos a la docencia, es
la dificultad para la enseñanza de la práctica
clínica. Para nadie es un misterio que sólo
el contacto con los pacientes en forma directa es la mejor
forma de enseñar muchas de las conductas clínicas
a los estudiantes de Medicina, quienes en un futuro no muy
lejano pueden ser los médicos que estén atendiendo
nuestras propias dolencias.
Es cierto que ahora se pueden enseñar muchas maniobras
técnicas con modelos artificiales y que incluso con
la informática y en forma virtual es posible enseñar
hasta procedimientos quirúrgicos muy complejos, pero
también es cierto que la relación médico-paciente,
la toma de la historia clínica en forma correcta y
todas las variantes de la psicología de los pacientes,
sólo pueden trasmitirse con pacientes vivos que se
enfrentan en la consulta o se evalúan en la ronda clínica.
No es en este sitio acaso donde se lleva a cabo la maravillosa
lección clínica de que habla Pedro Laín
Entralgo cuando dice: Ante sus discípulos, un
maestro expone con mayor o menor detalle lo que la exploración
le ha dado a conocer en el paciente de que se trate. A continuación,
hace que la atención de sus discípulos se fije
de manera especial en un determinado síntoma o signo
y a partir de él, adoptando sin saberlo la estrategia
del ascenso por lo más empinado (porque a posteriori
le es fácil hacerlo), construye un razonamiento eclécticamente
anatomoclínico, fisiopatológico y etiopatológico,
acaso también constitucional, y llega con impecable
brillantez a la formulación de un juicio diagnóstico
satisfactorio, y si la índole del caso lo permite,
no sólo satisfactorio sino también sorprendente,
a la manera de la resolución de un caso policíaco.
Desde hace muchos años en la integración docente
asistencial, hoy llamada integración docencia-servicio,
que se puso en práctica en la mayoría de los
hospitales oficiales, en muchos privados, y por supuesto en
los universitarios, era claro para todos los médicos
que al mismo tiempo que hacían la asistencia clínica
de sus pacientes, realizaban funciones docentes con residentes,
internos y estudiantes de Medicina de las distintas facultades,
cumpliendo una función de la mayor importancia a veces
ni siquiera completamente valorada por ellos mismos.
Ahora, cada vez con mayor frecuencia, estamos observando,
que las funciones asistenciales que les asignan a los médicos
y los resultados objetivos que deben demostrar en esta área,
no les permite dedicar el tiempo necesario a la docencia,
y los estudiantes se convierten en asistentes mudos e incluso
a veces sólo se aprovechan para ayudar en las labores
puramente asistenciales.
Con frecuencia, cada vez mayor, me enfrento a grupos de estudiantes
de Medicina que se quejan de este tipo de conducta, y comienzan
por afirmar que en ningún caso es culpa del médico
que les tocó de docente, que por otra parte generalmente
consideran excelente, sino por el cúmulo de responsabilidades
asistenciales que les niega la posibilidad de enseñar
sus conocimientos, promesa que todos hemos realizado en el
Juramento Hipocrático o en la promesa médica
actual que nos compromete en forma solemne a transmitir nuestros
conocimientos a nuestros futuros colegas, como un deber importantísimo
para la continuidad de la profesión médica.
Osler, uno de los padres de la Medicina Interna, no podía
comprender que un médico y especialmente un clínico,
no fuera un maestro en todo el sentido del término.
Ante esta situación angustiosa, de la cual no somos
todos conscientes, es necesario establecer unos mecanismos
de diálogo entre los directores de los hospitales y
los miembros encargados de la docencia en las facultades de
Medicina, para llegar a acuerdos que permitan resolver esta
dificultad (y en donde ya existen estas mesas de dialogo,
es necesario abordar este tema en particular). En muchos casos
será necesario nombrar docentes externos que hagan
la docencia al margen de la asistencia como sucedía
antes, cuando los médicos de los hospitales y los de
las facultades de Medicina vivíamos juntos pero con
funciones totalmente separadas, lo cual no es de ninguna manera
ideal, pues, ¿quién conoce mejor al paciente
que aquel que hace la asistencia, y por lo tanto el que mejor
puede hacer la docencia? Volver al esquema antiguo sería
en mi concepto un retroceso y además sumamente costoso.
¿No les parece?
Nota:
Esta sección es un aporte del Centro Colombiano
de Bioética -Cecolbe-.
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