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¿Ley
para los
pacientes o pacientes
para la ley?
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Va tomando fuerza
la idea de reformar la Ley 100. Esa reforma, sin duda, es
una necesidad. Lo saben los médicos, las enfermeras,
las clínicas y hospitales, pero sobre todo lo saben
los pacientes. Ellos si pueden dar mil y mil razones para
argumentar porqué se debe clamar por una reforma que
prioritariamente piense en ellos, una reforma que privilegie
los enfermos y no los procesos ni los flujos de dinero, porque
cuando se toca el tema de repensar la Ley 100, brota de manera
ágil la idea de que hay que mirar y corregir la función
de las ARS, el papel de las EPS, lo de los regímenes,
el asunto del Fosyga, el tema de las glosas, lo de la doble
afiliación, y en fin, mil cosas más que sólo
de lado tienen que ver con la angustia del enfermo y con la
preocupación de sus allegados por lograr arribar a
un centro donde si lo reciban.
La Ley 100 tiene su entelequia. Eso está claro. Hubo
argumentos para llegar a ella y los hay, dentro de ella misma,
para dejarla. En el fondo es ella la que impide una prestación
de servicios de salud como el médico cree que el paciente
requiere. Ella misma impide lo que parece propiciar. Parece
contradictorio y un simple juego de palabras, pero no lo es.
Por eso es una entelequia, porque en su favor está
su desfavor.
Visualizando esto, el periódico El Pulso ha propuesto
muchas veces que se revise la Ley 100. Se han tenido muchas
preocupaciones y conocemos, como todos, los problemas y los
obstáculos, los sinsabores y los desagrados que ha
ocasionado.
Hemos manifestado en repetidas ocasiones nuestra preocupación
en distintos aspectos de la ley, preocupaciones que son las
mismas que conocemos por vivencia propia y también
por experiencia ajena.
De la ley nos ha preocupado el desbordado afán de controlar
los costos, por encima de todo, incluso muchas veces del bienestar
del paciente. Nos ha preocupado la pérdida que ha generado
del derecho a la intimidad del enfermo; la estandarización
y la igualdad a que ha llevado, en desmedro de la libertad;
el interés que despierta por el sector como mercado,
como algo que con ella se descubrió y que presentó
como fácil de explotar. Nos ha preocupado la postración
en que ha dejado los principios del ejercicio médico;
la expropiación que realizó, del paciente a
su médico; el rótulo de oferta de servicios
que le puso a médicos, enfermeras, odontólogos
y demás profesionales, lo mismo que a las instituciones,
haciéndolas ver como mera mano de obra. Nos ha preocupado
el papel que puso a jugar al médico al hacerlo vigilante
de las condiciones económicas de terceros, pero sobre
todo, por encima de todo lo anterior y de lo que quedó
faltando por decir, nos ha preocupado el hecho de que el enfermo
no sea el centro de todos los esfuerzos.
El país, la ciudadanía, los pacientes, todos
necesitamos que se haga una revisión de la Ley 100.
Creemos, además, que un sistema de salud, un solo sistema
de salud, debe tener una identificación única
de sus afiliados, y no tantas como ARS y EPS existan. Hemos
clamado también cientos de veces y dentro del concepto
de único sistema, porque los recursos se manejen de
una sola forma, y no que estén desparramados en mil
bolsillos de municipios, gobernaciones, EPS, ARS y demás
entes, como hoy están; y como complemento a ello, hemos
insistido en que exista un solo pagador.
Por otra parte, hemos propuesto que la financiación
del sistema esté ligada al consumo y no al impuesto
al trabajo como ahora está, y hemos propuesto que la
salud pública tenga su propio pedestal para que la
seguridad social en salud sea, como debe ser, obediente al
principio de que es mejor prevenir que curar.
Antes de seguir adelante con la discusión de la reforma
a la Ley 100, es necesario definir qué queremos lograr.
Si es en busca de dinero que vamos, al camino que elegimos
en 1993, puede ser el indicado; si es en búsqueda de
privilegiar intereses particulares, también; si es
con pretensiones de copiar modelos extranjeros que defendemos
la ley, dejémosla tal cual. Pero si es pensando en
la gran masa de población desprotegida y pobre, y en
el resto mal protegido y en verdad cada vez más pobre,
es evidente que estamos perdidos y que sí hay que reformar,
y reformar con ganas, con decisión, porque no puede
ser que sigamos manteniendo un sistema que ha puesto al descubierto
tantas y tan graves falencias, y que ha ofendido tanto y en
tantos aspectos al hombre y a su dignidad. |
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