MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 15    No. 177  JUNIO DEL AÑO 2013    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co
Mensaje del Presidente de la República de Colombia, Juan Manuel Santos, en los 100 años del Hospital Universitario de San Vicente Fundación
 

Medellín, 17 de mayo de 2013
Aunque no he podido estar con ustedes el día de hoy, como era mi deseo, quiero expresarles a través de este mensaje la sincera admiración y honda gratitud que siento y sentimos todos sus compatriotas por este siglo de actividades en beneficio de los colombianos.

De no ser por la visión emprendedora y el espíritu solidario de Don Alejandro Echavarría Isaza y un grupo de líderes antioqueños, no habríamos llegado hasta aquí. Ellos hicieron posible que existiera la que es hoy la institución privada de salud con más años en el país.
Pero no es solamente su antigüedad la que es de resaltar. Están también su trabajo invaluable por los más necesitados, sus avances médicos, científicos y tecnológicos, y su excelente modelo de gestión.
Los hechos hablan por sí solos. Ustedes anualmente subsidian en $5.000 millones de pesos a cerca de 30.000 personas que no. tienen cómo pagar la atención hospitalaria, una muestra de que ese compromiso social que asumieron en 1913 sigue creciendo.
Además, han sido pioneros en Colombia en trasplantes de órganos, en cirugías de corazón abierto, en auto-transfusiones y en injertos e implantes. La comunidad médica y científica reconoce su aporte positivo a las nuevas técnicas quirúrgicas en el país.
Presidente de la República de Colombia, Juan Manuel Santos
Nada de esto hubiera sido posible sin una solidez financiera y administrativa, resultado de una administración eficiente y capaz. Sea la oportunidad para enviar un saludo especial al doctor Julio Ernesto Toro, director general del Hospital Universitario de San Vicente Fundación, y agradecerle, a él y a los demás directivos, su dedicado empeño en la búsqueda continua de la excelencia.
Apreciados amigos: es sabido que alguna vez en la vida, todos, absolutamente todos, seremos pacientes. Por eso es tan importante que reconozcamos el admirable trabajo de los médicos, enfermeros y demás profesionales de la salud; que lo exaltemos y lo premiemos, porque son ellos quienes velan por los enfermos día tras día.
Felicitaciones por estos cien años de liderazgo en materia de salud, por su apoyo incondicional a la comunidad, por su misión.
Les agradezco, de corazón, por contribuir con generosidad y solidaridad a la construcción de ese país más justo y más moderno en el que queremos vivir.
Juan Manuel Santos
Presidente de la República de Colombia

 

Reflexión del mes
Solía ser médico
Solía ser médico.
Ahora soy prestador de salud.

Solía practicar la medicina.
Ahora trabajo en un sistema gerenciado de salud.

Solía tener pacientes.
Ahora tengo una lista de clientes.

Solía diagnosticar.
Ahora me aprueban una consulta por vez.

Solía efectuar tratamientos.
Ahora espero autorización para proveer servicios.

Solía tener una práctica exitosa colmada de pacientes.
Ahora estoy repleto de papeles.

Solía emplear mi tiempo para escuchar a mis pacientes.
Ahora debo utilizarlo para justificarme ante los auditores.

Solía tener sentimientos.
Ahora solo tengo funciones.

Solía ser médico.
Ahora no sé lo que soy
Salomón Schächter (1936, Argentina). Médico y profesor universitario. Decano de la Facultad de Medicina (UBA, 1998-2000), director de Residencia en Traumatología de los hospitales Alvear, Fernández y Clínicas. Fundador de la Escuela Superior de Educación a distancia de Cirugía Ortopédica, Reparadora y Traumatológica. Autor de 3 libros. Miembro de más de 40 sociedades científicas nacionales e internacionales, y Facultades de Medicina. Distinguido con los títulos Maestro de la Medicina Argentina (1998), Cirujano Maestro de Ortopedia y Traumatología, y Médico del Año (2001). Con coraje denuncia lo que actualmente ocurre con la práctica médica deficiente, especialmente en países en vía de desarrollo como Argentina (similar a lo que ocurre en Colombia…).
El Hospital cumple 100 años
Reminiscencias
Bernardo Ochoa Arismendy, MD
¡El centenario de la fundación de nuestro Hospital San Vicente aviva en mi memoria tantos recuerdos! No somos muchos los que alcanzamos a entrar en contacto con la querida institución antes del medio siglo pasado. Aunque apenas iniciábamos estudios médicos, nos dábamos el gusto de pasearnos por su avenida central con el saco blanco que nos garantizaba que alguien nos iba a llamar “doctor”.
Como médico a su servicio durante 65 años, recorrí infinidad de veces sus avenidas y plazoletas, atendí sus consultorios, trabajé en sus salas de hospitalización, sus quirófanos y aulas.
Cuando regresé de mis estudios en el exterior saqué de un sótano el desvencijado escritorio que me remodelaron los carpinteros para iniciar mi trabajo en el corredor. En otro sótano me encontraría la mesa de cirugía que nos hacía falta en el Hospital Infantil y que el inolvidable maestro Alfredo reparó en su taller del sótano de cirugía. Aquellos eran tiempos de gran estrechez económica que el Hospital trataba de sortear en la mejor forma posible, con la ayuda consciente de sus médicos. ¿Cuántos recordarán hoy aquel termómetro enorme instalado frente al teatro Junín que mostraba el nivel de la colecta que se hacía en pro del Hospital?
Los recuerdos van mucho más allá de la estructura arquitectónica del Hospital y de los episodios que dan cuenta de las angustias económicas, y llegan a confundirse con la propia esencia histórica de la Institución. Terminados mis estudios médicos, y cumplido el servicio social obligatorio en una población, regresé al Hospital y en él me quedé para siempre en cuerpo y alma. Estábamos ya en 1955 cuando asumí responsabilidades en el Departamento de Cirugía y desde entonces, esta relación entre los dos se hizo más íntima y no tuvo solución de continuidad, ni aún después de mi retiro pensional que para nada afectó el vínculo afectivo que de cuando en vez resalto y reanimo con una esquela o con un escrito. Fue en los años 50 cuando tuve una palomita como subdirector, cargo al cual me llevó Hernando Vélez Rojas, encargado de la dirección en ese entonces.
A mediados del siglo pasado, el Hospital y la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia se preparaban para poner en práctica la decisión tomada en 1948 por el decano, Braulio Henao Mejía y su Consejo Académico, de cambiar el sistema de educación médica vigente entonces, por el utilizado en Norteamérica. Y fue nuestro grupo de estudiantes el que empezó a vivir aquella transición impulsada definitivamente por el decano Dr. Ignacio Vélez Escobar, miembro también de la Junta del Hospital, que desde su fundación aceptó sumar a su misión asistencial la de la formación de los médicos.
En la segunda mitad del siglo XX,
el Hospital empezó a prestar servicios especializados,
como Anestesia, Neurocirugía, Ortopedia, Cirugía Plástica;
Cirugía y Urología Pediátrica, y un Servicio para niños
Quemados; y en Medicina Interna, Nefrología.
En aquellos años 50, las salas del Hospital tenían gran actividad en horas de la mañana cuando profesores y estudiantes se hacían presentes desde las 7 para la clase magistral; luego se pasaba la revista a los pacientes y los profesores se iban a sus consultorios en la ciudad. Al medio día sólo se advertía en las salas la presencia de las Hermanas de la Caridad, los internos y algunos estudiantes que se acercaban para aprender. Solamente Policlínica y Maternidad se mantenían activas día y noche, y allí nos refugiábamos algunos estudiantes. La utilización de exámenes de laboratorio y radiografías era muy escasa.
El cambio de sistema requería sin embargo algo más que deseos de hacerlo: se necesitaban profesores que lo conocieran. Fue entonces cuando la Universidad envió a Estados Unidos un número de sus docentes jóvenes (entre los cuales estuvo este servidor), con el propósito de que se especializaran y se familiarizaran con la metodología de la enseñanza médica, programa financiado por Fundaciones como la Kellogg y otras. Este sería el paso decisivo para que el Hospital diera el gran salto a la modernidad.
En la medida en que regresamos del exterior armados con nuevos conocimientos en diferentes especialidades, las salas de hospitalización empezaron a mostrar una vitalidad no conocida en todos los Departamentos. El enfermo se convirtió en eje central de aquel sistema de enseñanza: a su alrededor se movían docentes, internos, residentes, estudiantes y enfermeras profesionales recién egresadas de la nueva escuela. Cada uno sabía cómo hacer su trabajo sin interferir con los otros. Se introdujo un nuevo modelo de historia clínica que los estudiantes llenaban rápidamente, mientras internos y residentes escribían notas de evolución, y ordenaban exámenes de laboratorio y radiografías.
El internado, antes inestable, se convirtió en parte integral de los estudios médicos: las residencias se iniciaron formalmente en 1960. El diagnóstico presuntivo que entonces se hacía en las consultas o en Policlínica, se empezó a confirmar con evidencias obtenidas en el laboratorio, en rayos X y en el estudio de las biopsias. Los que fallecían eran llevados a la morgue y se les practicaba la necropsia previa autorización de la familia. Fue entonces cuando el famoso “ojo clínico” con que se calificaban los mejores médicos empezó a desaparecer en la medida en que el Dr. Correa Henao y sus CPC (Conferencias de Patología Clínica) fue demostrando la frecuencia de los errores de diagnóstico en que podíamos incurrir todos los médicos, pidiéndonos, sin decirlo, un poco de humildad.
El promedio de estadía de los pacientes empezó a rebajar vertiginosamente. En las nuevas historias clínicas el Comité de Historias aceptó mi sugerencia de incluir hojas de colores: blancas para la evolución, amarillas para prescripciones, verdes para notas de enfermería, rosadas para trabajadoras sociales, lo cual facilitaría su revisión a largo plazo; también se discutió la utilización del llamado “sistema dígito terminal”, que le daría mayor agilidad al manejo de las mismas. El Hospital se esforzó en darle al archivo de historias la mayor jerarquía posible. De los docentes que tuvimos la oportunidad privilegiada de especializarnos en distintas disciplinas del saber médico en el exterior, y que al regreso deberíamos trabajar tiempo completo, algunos nos concentramos en forma exclusiva a nuestro trabajo en el Hospital. Sólo contábamos con el magro salario de la Universidad y unas ganas difíciles de contener de echar para adelante nuestro Hospital. Fue en estos años que siguieron a la primera mitad del siglo, cuando el Hospital empezó a llenarse de nuevos servicios especializados, como Anestesia con Nacianceno Valencia, Neurocirugía con Ernesto Bustamante y Luis Carlos Posada, Ortopedia con Hernando Echeverri y Pablo Londoño, Cirugía Plástica con León Hernández; Cirugía y Urología Pediátrica, y un Servicio para niños Quemados con el suscrito; y en Medicina Interna, ya organizada por William Rojas, Nefrología con Jaime Borrero y Alvaro Toro. Pronto llegarían más.
Estos cambios se reflejaron rápidamente en la calidad de la práctica médica y de la medicina, en la variedad de servicios que el Hospital empezó a ofrecer a la comunidad que tuvo entonces oportunidades antes no conocidas para recuperar su salud, y en la calidad del nuevo médico formado en tal ambiente, incluyendo la presencia de unos nuevos exponentes de la ciencia: los investigadores científicos. En la próxima entrega ampliaremos cómo se desarrolló todo aquello, pero cabe recordar que mientras estos hechos tan positivos sucedían en nuestro entorno médico, el mundo se sacudía con la Gran Marcha de Mao Tse Tung en China; Rusia y Estados Unidos libraban su “guerra fría”, Colombia iniciaba una nueva etapa de su vida revolviéndose en el lodazal de una “violencia política” absurda, sin justificación posible; y Cuba sacudía la imaginación de la juventud y los políticos latinoamericanos con la entrada de los barbudos de Fidel Castro a la Habana. Nada de esto sin embargo alteraba en aquellos años la paz del santuario en que se había convertido nuestro Hospital Universitario, donde enfermos, estudiantes y profesores celebrábamos con alegría la nueva era y no se advertía interés diferente al de sus inmediatos quehaceres: asistir bien a los pacientes y enseñar a los estudiantes, y éstos, estudiar y aprender para ser buenos médicos. Así llegaríamos al año de 1960.
 

“Con EPS mixta de Antioquia se perpetúan
errores del sistema de salud”: ACHC

Redacción El Pul
so

“Como gremio responsable, como observador del sistema de salud y como un actor importante de este sistema, debo advertir que al crear una EPS mixta en Antioquia se perpetúan los errores de dicho sistema”. Así se pronunció el director de la Asociación Colombiana de Hospitales y Clínicas, Juan Carlos Giraldo Valencia, respecto de la creación de una EPS en un momento de incertidumbre sobre el futuro de esta figura.
Y explicó: “En un momento político en el que se discute una reforma, donde uno de los puntos centrales es el cambio del rol de las EPS, inclusive con una modificación total, ¿cómo es que están creando una?
Por lo menos se debería haber esperado unos cuantos meses, hasta que se esclarezca ese papel, y entonces ahí sí, tomar una decisión de fondo. Creo que se tomaron decisiones 'con la cabeza caliente'. Debo advertir que ojalá se puedan devolver en la oportunidad, lo más pronto posible, para que lo creado sea algo acorde con lo que se va a aprobar en la ley de reforma al sistema de salud. Con esa decisión, en Antioquia se están anticipando y no de una manera afortunada”.
Y agregó: “Es preocupante la creación de una EPS mixta. Los entes territoriales que dan esos saltos, deberían mostrar qué es lo que se busca construir: ¿se busca fortalecer el concepto de 'lo público', incluido lo que es un servicio público y esencial como la salud? ¿O se busca preservar algunos componentes empresariales de otro tipo? Creemos que por lo menos desde la denominación, el tema de una EPS mixta no debería funcionar, sino que debería más bien pensarse que un consorcio entre Antioquia y Medellín, podría ser una prueba piloto muy importante para los 'Administradores Regulados' o los 'Gestores de Salud', pero debe ser algo público, conservar esa naturaleza de público” .
 
  Bioética
Si escuchamos o leemos las noticias con algún sentido de reflexión sobre lo que el diario vivir aporta a la seguridad y la solidaridad como ciudadanos, tenemos que concluir muy a pesar nuestro que las autoridades encargadas de defender y custodiar nuestras vidas y nuestros bienes son incapaces de cumplir su delicada misión o, peor aún, son complacientes, verdaderamente cómplices del acrecentamiento de asesinatos, robos, asaltos, etc., que día a día nos azotan con ímpetu mayor. Ya no hay lugar seguro ni dentro ni fuera del hogar, ni de noche ni de día.

Esta criminalidad, al parecer imparable, es la consecuencia del olvido cultural, consciente o no, del valor intrínseco del ser humano, aclamado desde altas esferas del Estado cuando proclaman como lícitos el aborto provocado, la eutanasia, las prebendas concedidas a criminales confesos, etc.
Más aún, nuestros legisladores y penalistas deben saber que los grandes criminales, los capos, están corrompiendo a la juventud porque debido a la impunidad casi total de que gozan los menores de 18 años y las necesidades que muchos de ellos padecen, les pagan buena cantidad de dinero -según comentarios de prensa- para que cometan el crimen del cual los primeros beneficiados son dichos capos, pero el menor tiene ya en su haber un delito, ya ha dado el primer paso en el camino de la criminalidad y es víctima para que lo obliguen a muchos más bajo amenaza de extorsión.
La pena legal por un crimen debe considerar no sólo la edad de quien lo comente sino, y especialmente, la malicia y la gravedad del delito. Si quien lo comete es un menor de edad pero su falta tiene las características antes anotadas, debe pagar una pena similar a la del adulto, obviamente en reformatorios que ofrezcan verdaderas modalidades de educación. Recordemos: ninguna ley humana puede convertir en aceptable lo que es éticamente reprobable por su esencia.

NOTA: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-.
 

Maestro, ¿qué es eterno?

El ciclismo colombiano, pequeño saltamontes. Acuérdate de Ramón Hoyos, el que ganó cinco vueltas a Colombia en bicicleta a punta de panela (el dopping de ese tiempo), de Rubén Darío Gómez “El tigrillo de Pereira”, Pajarito Buitrago, Hernán Medina Calderón, Álvaro Pachón, Rafael Antonio Niño, del campeón mundial Cochise Rodríguez, del Ñatico Suárez, de Lucho Herrera que ganó la Vuelta a España, Santiago Botero y ahora en el Giro de Italia Rigoberto Urán quedó sucampeón, Carlos Betancur de quinto y campeón novato, y Sergio Luis Henao de 16. Los colombianos son capaces de escalar hasta las sagradas cumbres del Himalaya.

 
 











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