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El Plan Decenal de Salud Pública no es bueno, sino
que es demasiado bueno, casi perfecto, un instrumento de
política pública tan bien concebido y orientado
que queda como un parche en un sistema de salud tan malo
como el colombiano. Por ello, la mayoría de sus actores
no se lo merecen. Frente a él se podría decir
lo que dijo Víctor Hugo cuando le mostraron la Constitución
de 1863, la de la Convención de Rionegro para los
Estados Unidos de Colombia: que era magnífica, pero
parecía escrita para un país de ángeles.
Eso es el Plan Decenal: un documento utópico, incongruente
con el contexto del sistema de salud, con nuestro entorno
político y social, y divergente con el espíritu
de la reforma que intenta el gobierno. Plan Decenal y reforma
marchan por caminos distintos, incluso antagónicos.
Y es lógico: la confección del Plan fue confiada
-por fortuna- a un grupo de expertos apoyados por una infraestructura
científica universitaria, que a su innegable sabiduría
suma un sentido de sensatez, honestidad y correcta interpretación
de la jurisprudencia sobre el derecho fundamental a la salud.
A ello se agrega una consulta territorial y ciudadana cuyas
aportaciones fueron incluidas -en buena medida- en el texto
definitivo, y que refleja el sentir del país nacional
frente a su estado de salud y frente a las perversidades
del modelo mercantilista vigente.
Pero, ¿tendrán los gobernantes en lo sucesivo
la voluntad política para ejecutar el Plan? Difícilmente
podría ser verdad tanta belleza. Mientras el Plan
postula un conjunto de objetivos, dimensiones,
metas y estrategias inspirados en la satisfacción
del derecho a la salud, el mejoramiento integral de sus
determinantes sociales, la superación de condiciones
de vida, la reforma insiste vía ley ordinaria en
perpetuar un modelo y un sistema inhumanos, a partir del
sofisma según el cual la actual crisis es sólo
financiera.
Frente a una reforma que en nada soluciona la debilidad
de municipios y departamentos para una gestión integral,
que es inerme para brindar capacidad resolutiva a hospitales
y clínicas, que no exige a las EPS pagar la escandalosa
deuda que tiene a muchas IPS in artículo mortis antes
de asumir nuevas responsabilidades, que pretende quitar
a la Contraloría General su injerencia en el control
de recursos del sistema de salud, ¿qué margen
de operatividad tiene un Plan que invoca la dignidad del
paciente, su derecho al acceso y disfrute pleno de servicios
de salud?
En un sistema como el que plantea la reforma, donde los
actores más poderosos mantienen el esquema fragmentado
de la atención, la explotación económica
de la enfermedad y el mantenimiento de viejos privilegios,
en un país que sigue en el podio mundial de la inequidad,
¿será posible como consagra el Plan Decenal,
lograr cobertura universal en salud con acceso efectivo
a servicios de atención equiparables entre zona urbana
y rural, y entre el quintil más pobre y el quintil
más rico, tener en desarrollo en 2015 el
programa de suministro del agua potable al 100% de la población,
reducir drásticamente para 2021 las mayores prevalencias
en salud materno-infantil, sexual y reproductiva y en enfermedades
crónicas, y reducir a la mitad el porcentaje
de personas que padezcan hambre para 2015? El
socialismo del siglo XXI, a la venezolana, le
queda chiquito al prodigioso Plan Decenal
¿Qué tan capaz será un Estado claudicante
y cooptado por el sector privado, de cristalizar el fortalecimiento
de la autoridad sanitaria? Sin dudar, al Plan Decenal
de Salud Pública hay que apoyarlo radicalmente por
su bondad intrínseca: al menos es un catálogo
de buenos propósitos. Pero hay que impulsar una reforma
verdadera, que cimente un entorno distinto para su ejecución,
un modelo humano de salud. Entretanto, tendremos un costoso
ejercicio de auto-complacencia del gobierno, muy rentable
en épocas electorales.
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