|
Los hospitales y clínicas de Colombia ya no dan
más. Tal como los cafeteros cesan actividades casi
automáticamente -pues la economía cafetera
entró en franca recesión y los caficultores
lo único que hacen es expresar nacionalmente esa
realidad-, ocurre con las IPS del país. Si a un hospital
le deben las EPS una multimillonaria suma de dinero, ese
hospital tarde o temprano empezará a incumplir sus
compromisos de pagos con su personal que lo atiende, con
los proveedores de medicamentos e insumos y equipos, con
la incorporación de tecnología médica
y demás obligaciones cotidianas. Ni qué decir
de la investigación científica, esta actividad
exige personal e infraestructura especializada, con dedicación
especial, todo lo cual requiere recursos financieros considerables.
Entonces, cuando cesa la irrigación natural de recursos
económicos en una institución de salud, la
prestación de servicios tiende a parar en correspondencia.
No obstante, resulta admirable que a pesar de la altísima
deuda que tienen las empresas aseguradoras con los hospitales
y clínicas, muchos de ellos se sostienen heroicamente
y luchan cada día contra la amenaza del cierre que
sigue cerniéndose sobre ellos. Son ilustrativos los
casos de varios hospitales universitarios que, a pesar de
registrar una abultada cartera, muestran en sus balances
del ejercicio de 2012 un superávit. Ello, como explican
sus gerentes, muestra una gestión limpia, austera
y racional que produce resultados positivos en sus balances,
pero que no oculta las dificultades en la atención
de la salud, los miles de pacientes que quedan forzosamente
por fuera de los servicios, y los desarrollos de nuevas
áreas que deberán seguir aplazados por tiempo
indefinido.
Esto quiere decir que el gobierno, el Ministerio de Salud
y los deudores no pueden seguir pasando de agache frente
a la difícil situación hospitalaria, escudándose
en su buen desempeño administrativo: si no han cerrado
e incluso muestran buenos indicadores, no es propiamente
por el comportamiento de las EPS ni por la agilidad gubernamental
en el flujo de recursos. Es por el esfuerzo propio en el
entorno más complicado.
En este punto, es notorio el descontento de todos los hospitales
con la falta de oportunidad y la insuficiencia del giro
directo, por fortuna adoptado por el gobierno. Estos giros
son intermitentes, rebajan en un movimiento uniformemente
acelerado y sigue sujeto a lo que autorizan las EPS. Por
ello, no cabe duda: el Ministerio del ramo no tuvo más
remedio que plantear en su iniciativa de reforma la eliminación
de la intermediación financiera en el sistema de
salud y el cambio radical del rol que cumplen las EPS, de
aseguradoras a administradoras. Esto indica que a pesar
de todos los salvavidas que les tiró el gobierno
a esas empresas, la realidad de corrupción, abuso
de poder dominante, desviación y dilapidación
de los recursos e irresponsabilidad frente al usuario, se
le salieron de las manos a todo el mundo. Por la misma razón,
se vio marchar a miles de personas en Bogotá y otras
ciudades colombianas, exigiendo Salud sin EPS.
Queda ahora a consideración del Congreso de la República
la reforma propuesta, la cual contiene elementos valiosos
que deben examinarse, cotejarse y complementarse para que
el conjunto de cambios sea ante todo justo, acorde con las
necesidades sociales, viable y coherente. El legislador
tendrá que asumir esta tarea con suma prudencia,
con sentido humanitario y patriótico, anteponiendo
los intereses de los usuarios de la salud a las viejas costumbres
clientelistas, a las componendas fraguadas de tiempo atrás
por algunas aseguradoras que tienen voceros a sueldo en
el Congreso, y a los negocios de la salud que infortunadamente
han usufructuado unos pocos padres y madres de la
patria.
Muchos entuertos quedan por resolver; pasar de un sistema
caótico como el actual a uno que al menos respete
la dignidad del ser humano y ponga orden en la administración
y las finanzas de la salud, no será fácil:
requerirá prudencia, sabias decisiones y una muy
alta dosis de voluntad política. De entrada, el más
humilde de los colombianos pondría como primera condición
para la habilitación de las EPS en el nuevo escenario
que se propone, el ponerse a paz y salvo con los hospitales,
con sus pacientes y usuarios. Empresa que no cumpla este
elemental requisito, no tiene el mínimo derecho a
administrar los servicios de la salud. Dice el refrán
popular que uno cambia de lugar, pero no de mañas.
Por supuesto, no todas las EPS son culpables ni corruptas,
pero el sistema es único y generaliza.
|