DELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 12    No. 162  MARZO DEL AÑO 2012    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 


El ciudadano,
eterno caminante hacia la paz

Hernando Guzmán Paniagua Periodista - elpulso@elhospital.org.co

Ágora, plaza pública en las polis griegas, antiguas ciudades-Estado

Era el año 68 después de Cristo. Después de permanecer arrestados juntos San Pedro y San Pablo durante un año, Nerón ordenó matarlos. Pedro fue crucificado, como su maestro, pero Pablo reclamó ser decapitado y no clavado en cruz como un judío cualquiera, alegando su condición de ciudadano romano. ¡Y pensar que muchos miles de años después, la igualdad ante la ley y las prerrogativas ciudadanas no garantizan per se el derecho a la vida y su disfrute con dignidad!
Hoy como ayer, en la polis griega, en la civitas romana, bajo La Ilustración, bajo la Revolución Francesa, con participación comunitaria o con ciudadanía global, ser ciudadano debe significar, ante todo, el derecho y el deber de ser hombre o mujer en plenitud y de habitar el mundo con dignidad.
Pocas palabras como “ciudadano” han hecho correr ríos de tinta tan caudalosos a lo largo de la historia. Hoy, cuando todo el mundo reconoce la necesidad de construir ciudadanía, dentro de los caminos de la paz y del progreso, todavía se discute qué es eso que llaman “ciudadano”.
¿Qué es un ciudadano?
El término “ciudadano” no puede provenir sino de ciudad, que originalmente era la unidad política básica. El pensador español Fernando Savater, en “Diccionario del ciudadano sin miedo a saber”, compara el sentido de ciudadanía entre los antiguos griegos y romanos: para éstos, el ser ciudadano otorgaba ciertos derechos, pero no la posibilidad de participar en el gobierno -reservada a los patricios-, mientras que la ciudadanía griega implicaba la injerencia en la toma de decisiones políticas. Así, quien no participaba era considerado un “idiota”, incapaz de entender su condición social como forma de la libertad.
Savater expresa al respecto: “El ciudadano favorito de las autoridades es el 'idiota', o sea, quien anuncia con fatuidad: 'Yo no me meto en política'. ¡Como si eso fuera posible, como si uno pudiera vivir en una sociedad política desentendido de esa actividad, como si renunciar a la política no fuese también una actitud política y por cierto de las peores, porque cede a otros la capacidad de tomar decisiones sobre lo que antes o después va a afectarnos!”. Declaración Derechos del Hombre y del Ciudadano, Revolución Francesa, 1789, inspiradora de declaraciones posteriores.
Para los griegos, quien
no participaba era considerado
un “idiota”, incapaz de
entender su condición social
como forma de la libertad.
Savater dice: “El ciudadano
favorito de las autoridades
es el 'idiota', quien anuncia
con fatuidad: 'Yo no me
meto en política'. ¡Como si
eso fuera posible!”.
Las mujeres en la Grecia Antigua ningún derecho tenían a participar en la vida política; en tanto, los remeros de los “trirremes”, barcos atenienses de remo, reclamaban sus derechos políticos por participar en la defensa de la “polis”. No existe la noción de ciudadano en la Edad Media, cuando la “ciudad” giraba en torno del castillo del Señor Feudal, y sus habitantes no se veían como “ciudadanos” sino como siervos cuyos derechos siempre fueron letra muerta. Al cimentarse la unidad política en el Estado moderno, los hombres derivan su condición de ciudadanos en relación con el ente estatal.
La Revolución Norteamericana de 1776 sacude el dominio imperialista inglés (así fuese reemplazado por uno peor varios siglos después), y es hito fundacional de las guerras de liberación y de naciones soberanas en el sentido político. Su Constitución, la primera democrática de América, en 1787 postula de entrada: “Que todos los hombres han sido creados iguales” y que entre sus derechos intangibles “…se cuentan la vida, la libertad y la aspiración a la felicidad”, semillas de ciudadanía, sin duda. Y la Revolución Francesa de 1789, consolidó a sangre y fuego la noción clásica de ciudadano propia de la democracia liberal bajo las consignas de “Liberté, égalité, fraternité ou la mort”.
Constitución norteamericana de 1787, adoptada en nombre de “Nosotros el pueblo”. Para Elizabeth Jelin (“Igualdad y diferencia”), la adquisición de una conciencia de ciudadanía va acorde con la politización del individuo, y el sentirse con derecho a estar en la esfera pública, forma parte de la construcción de una dimensión de la ciudadanía; su contra-cara es la exclusión.
El colombiano Luis Jorge Garay Salamanca, en “Ciudadanía. Lo público. Democracia”, reseña por boca de Banhabib tres corrientes principales del pensamiento político occidental sobre el espacio público, como ámbito de ciudadanía:
Primera, la visión de la virtud cívica o republicana, con Hannah Arendt como referente básico; para ella, sólo es posible asumir la condición de ciudadano como hombre público en presencia de otros. En “La condición humana”, Arendt plantea que todo ciudadano pertenece a dos órdenes de existencia, distinguiendo lo suyo de lo comunal, y la esfera pública “presupone una pluralidad de individuos desiguales por naturaleza, que son, sin embargo, construidos como iguales políticamente”.
Segunda: la tradición liberal, en particular con los seguidores de Kant que plantean “un orden justo y estable”, el modelo legalista del espacio público. Y finalmente el modelo de Jürgen Habermas, el “espacio discursivo público”, amén de otras corrientes que son variantes de las anteriores.
 
El ciudadano, convidado de piedra

Savater menciona dos formas de falsear la
libertad ciudadana: ser consumidor en vez de
ciudadano, con compradores desiguales por
capacidad adquisitiva; y ser feligrés,
anteponiendo la devoción a la secta o partido, a
la reflexión racional sobre la cosa pública.

Jürgen Habermas, inscrito en la llamada “Escuela de Francfort” y afín al discurso de Hannah Arendt, liga su concepto de “espacio público discursivo” al ámbito de la sociedad civil. Señala que las esferas pública y privada se permean mutuamente, y en el ejercicio del poder concurren la administración pública, las burocracias privadas, asociaciones de intereses y partidos. Dice: “El público como tal es incluido sólo esporádicamente en este circuito del poder. Y aún cuando es consultado, es únicamente para su aclamación” (La transformación estructural de la esfera pública).
Aparte, Fernando Savater menciona dos formas de falsear la libertad ciudadana: ser consumidor en vez de ciudadano, siendo los compradores desiguales por su capacidad adquisitiva; y ser feligrés, miembro de una iglesia, anteponiendo la devoción a la secta o partido, a la reflexión racional sobre la cosa pública.
La disyuntiva Ciudadano vs. Consumidor la analizan diversos teóricos. Dice el filósofo ibérico: “En una palabra, el ciudadano es el sujeto de la libertad política y de la responsabilidad que implica su ejercicio. En la ciudadanía son los ciudadanos quienes sustentan el sentido político de la comunidad, y no al revés”.
 
   


El ciudadano de hoy, un protagonista

Un ciudadano global “es consciente de la amplitud del mundo y tiene un sentido de su propio papel como ciudadano del mundo, respeta la diversidad y desea actuar para hacer del mundo un lugar más equitativo y sostenible”.
Flor A. Cabrera
No es lo mismo ser ciudadano en sociedades de la opulencia como la sueca, la noruega, el principado de Mónaco o los Emiratos Árabes, que en las sociedades famélicas del África ecuatorial o en Colombia, desangrada por el conflicto armado y social.
En todos los casos, el ciudadano reclama cada día mayor protagonismo y la conceptualización actual sobre la ciudadanía implica la participación social. “No el filósofo, los ciudadanos han de tener la última palabra”, dice Jürgen Habermas. En un mundo donde todos los hombres necesitan vivir en armonía con los demás y consigo mismos, la paz sigue siendo “un imperativo moral”, como decía Kant.
“Es casi una burla para una población
decir que todos los ciudadanos son iguales
ante la ley, si no lo son ante la vida”.
Estanislao Zuleta
En nuestro caso, según el señalamiento de Luis Jorge Garay Salamanca, “el conflicto social que afronta Colombia es fundamental mente el de la construcción de sociedad y no meramente el de negociación de conflictos parciales” (“Ciudadanía. Lo público. Democracia”). Dice que nuestra crisis se define por subordinación de lo público a lo privado, pérdida de la convivencia ciudadana, conflicto armado, ilegalidad en diversos ámbitos y narcotráfico, y las soluciones son profundas: respeto a los derechos humanos, plena vigencia de la ley, aplicación recta de la justicia y preponderancia del bien común sobre el privado.
Guillermo Hoyos Vásquez asevera en el prólogo de ese libro : “…Antes se hablaba del robo de Caldas o del Atlántico, ayer se estaban robando la Cámara de Representantes, los puertos, la banca, la seguridad social de los colombianos, sus ahorros…pero no parece que todos se percaten de que el origen de toda esta corrupción es el deterioro del tejido social, la perversión del Estado, la insensibilidad manifiesta en las diversas violencias, el amiguismo excluyente y la inmoralidad en la política, todo aquello que permite apropiarse de lo público, sin que el ciudadano proteste”.
Necesitamos menos ciudadanos “idiotas” a la manera griega y más ciudadanos activos, conscientes y tolerantes, menos chauvinistas y xenófobos, y más ciudadanos globales. Savater define la tolerancia como “la disposición cívica a convivir armoniosamente con personas de creencias diferentes y aún opuestas a las nuestras, así como con hábitos sociales o costumbres que no compartimos”.
En un mundo donde se borran cada día las fronteras, la “ciudadanía global” cobra vigencia. Karen O' Shea, en el “Glosario de términos de la educación para la ciudadanía democrática” (Organización de Estados Iberoamericanos -OEI- 2003), dice que el concepto de comunidad trasciende la noción de «Estado-Nación» y engloba los marcos local, nacional, regional e internacional.
“El concepto de comunidad
trasciende la noción de «Estado-Nación»
y engloba los marcos local, nacional,
regional e internacional”.
Karen O’ Shea
La ensayista Flor A. Cabrera Rodríguez, en su ensayo “Hacia una nueva concepción de la ciudadanía en una sociedad multicultural”, propugna por un ciudadano global, como quien “es consciente de la amplitud del mundo y tiene un sentido de su propio papel como ciudadano del mundo, respeta la diversidad y desea actuar para hacer del mundo un lugar más equitativo y sostenible”. Ante la xenofobia neonazi, Savater expresa: “¿Cómo debemos recibir hoy a los emigrantes? Como a semejantes que nos hacen el inmenso favor de recordarnos en qué consiste nuestra humanidad. (…) Nacer es siempre llegar a un país extranjero”.
El mundo reclama ciudadanos respetuosos de la ley pero celosos de sus derechos sociales; además del derecho, es necesaria la posibilidad, decía Carlos Marx. Más de 25 siglos después de caer el imperio romano, no puede el hombre tolerar la persistencia de privilegios absurdos, ni permitir que haya eternos plebeyos, ni algún “dictator perpetuus”.
Como ciudadano del universo o como simple habitante de su ciudad, el hombre de hoy clama con Estanislao Zuleta en su ensayo Democracia y participación en Colombia: “Es casi una burla para una población decir que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, si no lo son ante la vida”.
   
Ocioso lector
La ciudadanía
en la literatura
Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura 2011, apuntó certeramente a la nueva “Ilustración” que representa la literatura como pedagogía ciudadana, cuando dijo que un ser impregnado de literatura “es un ciudadano crítico del mundo en el que vive, un ciudadano mucho más difícil de manipular, de engañar que un lector que no ha pasado por aquella experiencia enriquecedora de la sensibilidad y la imaginación a través de la literatura”.
Son innumerables los testimonios literarios que recrean el nacimiento del ciudadano. Para poner un solo ejemplo, “Historia de dos ciudades” de Charles Dickens, la clásica novela de la Revolución Francesa, retrata la endeble noción de ciudadanía de la sociedad victoriana con su injusta justicia y su nula asistencia social; el autor desprecia a los políticos, subraya el protagonismo histórico de las masas populares y la génesis dolorosa del ciudadano moderno.
Repudia a la vez a una aristocracia causante de su propia desgracia por su prepotencia y crueldad, y la barbarie mostrada por la violencia revolucionaria.
Y parte considerable de la novelística del “Boom” traduce el devenir ciudadano de Latinoamérica, su heterogeneidad cultural, la simbiosis de lo moderno y lo primitivo, el conflicto campo-ciudad, el desarraigo, la marginalidad y todas las violencias, pero también el progreso material y espiritual: “Los pasos perdidos”, de Alejo Carpentier, “Cien años de soledad”, de García Márquez, “La Habana para un infante difunto” de Cabrera Infante, “La ciudad y los perros” de Vargas Llosa, “Rayuela” de Cortázar, “Días de ceniza” de Garmendia. Los valores libertarios en el entorno de violencia, rock and roll, alucinógenos y amoríos juveniles en “Que viva la música” de Andrés Caicedo, la creciente conflictividad urbana en Benedetti; y la puesta en escena de un citadino en espacios urbanos desacralizados, en autores como Mutis, Sarduy o Puig, entre muchas expresiones, delinean la imagen del nuevo ciudadano latinoamericano.
 



Arriba

[ Editorial | Debate | Opinión | Monitoreo | Generales | Columna Jurídica | Cultural | Breves ]

COPYRIGHT © 2001 Periódico El PULSO
Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de su titular
. Reproduction in whole or in part, or translation without written permission is prohibited. All rights reserved