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Luego de dos años de haber sido creado el Defensor
del Usuario en Salud en la Ley 1122/07, esta figura vital
sigue en suspenso y atraviesa un calvario jurídico
y económico para poder resucitar. Sobrevivir y volverse
realidad, depende ahora de dos proyectos de ley que cursan
en el Congreso de la República, ante la declaratoria
de inexequibilidad declarada por la Corte Constitucional
en el aparte de su financiación.
El término Defensor alude por sí
mismo a una relación de desigualdad, donde hay un
usuario que utiliza el servicio y en cuya relación
con el sistema que le ofrece el servicio de salud, debe
intervenir el Estado para procurar equilibrar esa relación,
haciéndolo objeto de una protección especial.
Y reconocer la necesidad de esa protección especial,
evidencia y prueba que el sistema de salud creado para atender
sus necesidades, no cumplió esa promesa en las condiciones
que fijó la Ley 100: Calidad en la atención
oportuna, personalizada, humanizada, integral, continua.
Entretanto, los usuarios de los servicios siguen dando la
pelea en solitario, cuando la dan, por la defensa de sus
derechos de salud. Las ligas de usuarios son más
simbólicas que otra cosa. Y por ello, proliferan
y se multiplican las tutelas y las quejas constantes de
usuarios desamparados, que invocan el servicio de salud
recurriendo a la vía judicial.
Por eso ahora en el debate acerca del Defensor del Usuario
en Salud, hay que escrutar minuciosamente su esencia y su
filosofía, estar atentos a que se garantice su autonomía
e independencia, y que no se convierta en una instancia
de defensa de intereses de los más fuertes del sistema.
También hay que exigir voluntad política del
gobierno, para que se cree una institución que procure
real participación de los usuarios en el sistema,
como dice la Ley 100; que no tenga vacíos ni vicios;
que la reglamentación sea clara y precisa; que la
calidad en el servicio no sea un mero postulado de mercadeo,
donde el usuario es cliente y el servicio de salud una mercancía
más; que garantice mediación efectiva a favor
del usuario; que sea verdadero instrumento de defensa del
usuario ante los actores del sistema; y que en verdad contribuya
a mejorar la calidad en la prestación del servicio
de salud en Colombia.
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Más allá de la emergencia
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No por echar sal a la herida
pero desde las páginas
de EL PULSO hace 11 años, insistimos con argumentos
serios y rigurosos (desde la academia, desde voceros oficiales
y expertos -nacionales y extranjeros-, desde la investigación
e instituciones, desde los usuarios y sufrientes últimos
de la cadena), que el sistema de salud necesita cambios
radicales -una cirugía heroica- para enderezar su
funcionamiento, o desmontar taxativamente su estructura
y arrancar de cero. Como todo lo trascendental en la vida,
salvarlo o que muera: el eterno dilema.
Un repaso juicioso a las soluciones coyunturales a sus problemáticas
más sensibles y al intento de reforma que desembocó
en el ajustico de la Ley 1122, demuestran inobjetablemente
que no es simple cuestión de vendajes ni pañitos
de agua tibia. Que si el derecho a la salud o el mercado,
que si la financiación, que si la calidad, que si
la transparencia y la ética, que si la Constitución
o su reforma, que si la prima del seguro y sutiles límites
del plan de beneficios, que si alto costo o atención
primaria, que si medicamentos o prevención, que si
la tutela, que si Panacea o Hygeia
Todos los actores del sistema estamos en mora de cumplir
una responsabilidad sagrada ante el país: hacer realidad
la salud. Es brindar y garantizar un servicio de salud oportuno
y con calidad a todos y cada uno de los colombianos, ajustado
al Derecho y a la sostenibilidad financiera, con énfasis
en promoción y prevención de lo primario en
salud, con fin de mejorar la calidad de vida.
La emergencia social no puede quedarse en salvar -temporalmente-
las finanzas de la salud. La emergencia social solo tendrá
sentido y trascendencia, si va más allá del
vendaje. Además, es la ocasión perfecta para
los aspirantes a la Presidencia de la República,
de plantear la mejor salida al estado de crisis permanente
en que vive el sistema. Es la hora de ideas no reencauchadas,
para reorientar el desestabilizado sistema de salud, o emprender
la aventura de idear y establecer un sistema más
fuerte y justo: Colombia tiene a su favor la capitalización
de lecciones aprendidas en 15 años, para hacer reingeniería
al sistema o diseñar uno nuevo.
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