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Gústenos o no, e independientemente de sus bondades
y perversiones, la Ley 100/93 instituyó un sistema
de salud sometido a las leyes del mercado, donde la salud,
un derecho universal y fundamental, fue convertida en un
negocio más. Por el arte de magia del
mercado, su mano invisible convirtió
el bien público de la salud en una mercancía
transable, que se compra y se vende a quien puede pagar
por ella.
Ello dio lugar a una situación paradójica,
donde un significativo aumento de los recursos destinados
a salud, no se corresponde con resultados de una mejor salud
pública. Desde diversas fuentes se señala
que nunca como hoy había tenido tanto dinero el sistema
de salud, al señalar que en él se mueven entre
$23 a $33 billones por año, alrededor del 8 al 10%
del Producto Interno Bruto, convirtiendo a Colombia en uno
de los países de Suramérica con más
alta inversión y gasto en salud. Por tanto, el problema
no está en la falta o suficiencia de recursos, sino
en su manejo, administración y destinación.
Entretanto, por el lado de los indicadores, la Encuesta
Nacional de Salud y el Estudio de Carga de Enfermedad dan
cuenta de retrocesos en salud y en resultados de salud de
los colombianos (se halló hipertensión arterial
en 23% de la población encuestada, 3% de la población
entre 18 y 69 años diabética, aumento en la
prevalencia de enfermedades crónicas como cardiovasculares
y diabetes), lo cual es reflejo de la incapacidad de los
actores delegados para la prestación del servicio
público de salud, para cumplir su misión.
Y en contrapartida, el crecimiento de algunas de las empresas
de salud, que con menos de 15 años de funcionamiento
se situaron entre las 100 empresas más grandes del
país, con enriquecimiento de particulares a partir
del manejo de recursos públicos para salud.
Pero lo más aberrante, era el hecho de que mientras
desde el Estado mismo se destinaban cuantiosos recursos
para atender la salud de los colombianos, éstos tuvieran
que reclamar dichos servicios, incluidos o no en los planes
de beneficios, recurriendo a la acción de tutela
que amparase su derecho constitucionalmente reconocido.
Fue tal la acumulación desproporcionada de acciones
de tutelas interpuestas y de quejas, que la Procuraduría
General de la Nación no dudó en dudó
a mediados del año anterior en pedir la declaratoria
de emergencia para el sistema de salud, por considerar que
en Colombia se viola de manera sistemática y reiterada,
el derecho a la salud de los colombianos. Además,
la Procuraduría cuestionó la calidad de la
atención y reclamó ampliación de la
atención a los grupos vulnerables inscritos en el
régimen subsidiado.
La acumulación exponencial de tutelas reclamando
el servicio de salud, y la tendencia a que la tutela se
convirtiera en un pre-requisito de trámite para el
acceso al servicio de salud, llevó a la Corte Constitucional
a proferir la Sentencia T-760 el 31 de julio de 2008, donde
resolvía 22 acciones de tutela que solicitaban proteger
el derecho a la salud. Con órdenes y plazos precisos
a diversas entidades del sector salud, la Corte tuteló
el derecho fundamental a la salud de todos los colombianos;
las órdenes se refieren a actualizar y unificar los
planes de beneficios de los regímenes contributivo
y subsidiado; asegurar el flujo de recursos en el sector
salud; proteger el derecho a información de los usuarios
y adoptar medidas para tener cobertura universal antes de
enero de 2010; tener indicadores de gestión y resultados
en salud que incorporen la medición del goce efectivo
del derecho a la salud y que antes de febrero de 2010 se
informe sobre disminución de las tutelas. Estas medidas
implican importantes cambios en prestación de servicios
de salud, manejo de las finanzas del sector y cambios en
el modelo de negocios de las EPS.
Desde hace un año, EL PULSO viene haciendo seguimiento
a las acciones emprendidas por los actores implicados en
el cumplimiento de las órdenes de la Sentencia, y
en esta edición pasa revista a estudios y acciones
emprendidas a propósito del tema, mostrando como
hay acatamiento parcial de algunas órdenes, total
de unas pocas y las debilidades institucionales para cumplir
a cabalidad los preceptos.
El caso ahora es que en el sector salud reina una expectativa
absoluta, por no saber hacia dónde se va a orientar
el sistema de salud colombiano, sin que se tenga certeza
alguna. Y donde son más fuertes los aires de mal
presagio
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