MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 328 ENERO DEL AÑO 2026 ISNN 0124-4388
Escuchando hace poco los avances en la carrera desenfrenada por desarrollar la inteligencia artificial, el santo Grial de nuestra época (después de la bomba atómica), con la que pretenden dominar el mundo, a riesgo de destruirlo, y transgredir el misterio más grande de la vida, es decir, la muerte, recordé que la primera obra literaria de la que tengamos noticia es una reflexión filosófica, casi una parábola, sobre la condición mortal del ser humano.
Se trata de la Epopeya de Gilgamesh, más bien desconocida, creo yo, del gran público en nuestro país, al igual que en Occidente, donde está un poco relegada a círculos complotistas que ven en ella una prueba delirante de la existencia de la vida alienígena.
En el Oriente medio, en cambio, es tan conocida como la Ilíada, la Odisea o la Biblia, sobre la cual su influencia es innegable. En ella se encuentra, por ejemplo, y de manera más extensa y coherente, el mito del diluvio y la aniquilación de los seres humanos, y el arca de Noé, que en esas épocas remotas se llamaba Utnapishtim.
La epopeya cuenta la historia de Gilgamesh, de realidad histórica, aunque convertido en leyenda como buena parte de los personajes de la Antigüedad, que reinó en Uruk, al sur de Bagdad, hacia el año 2560 antes de Cristo, esto es menos de cinco siglos después de la invención de la escritura.
Una de las estatuas más famosas que se cree representaban al antiguo rey, se encuentra hoy en día en el Museo del Louvre, en la sección de Mesopotamia. En ella se ve a un gigante dominando un león. Y, en efecto, según la leyenda, Gilgamesh ostentaba una estatura descomunal y una fuerza sobrehumana que lo hacían casi indestructible. Desde su nacimiento, los dioses lo habían dotado de las mejores cualidades e, incluso, Shamash, el dios del sol y la justicia, lo apreciaba como a un hijo. De él se decía que era solamente un tercio humano y los otros dos, de naturaleza divina.
Sin embargo, esos atributos no lo convertían en un buen rey. Gilgamesh era un déspota que se aprovechaba de su condición aventajada para someter por la fuerza a los ciudadanos de la ciudad y convertir en esclavas sexuales a las mujeres. Tanto así que, cansados de la injusticia, los habitantes de Uruk fueron a quejarse a los dioses.
Al escuchar esto, Aruru, la diosa madre, se lava las manos en el agua del río y toma un gran bloque de arcilla, que modela y arroja en la estepa. De él sale un ser salvaje, peludo, que vive en libertad entre las fieras, y cuya fuerza y corpulencia iguala la de Gilgamesh. Su nombre es Enkidu. Este, indignado por la conducta de su alter ego, le cierra el paso y ambos se libran una batalla encarnizada que ninguno es capaz de ganar. Por ello, no tienen otra opción sino rendirse y, en lugar de guardar viejos rencores, se convierten en los mejores amigos, o amantes, pues el texto no es claro en ese punto.
Los dos amigos dejan todo, reino, riquezas y familia, para emprender un viaje que les dará renombre. Su principal objetivo en una región rica en minerales, pero sin gran vegetación es, sobre todo, controlar y explotar el bosque de cedros que se encuentra cerca del Líbano. La aventura, además de ser benéfica para la ciudad, que carece de materia prima para la construcción de puertas y muebles, los enfrentará a Humbaba, un monstruo terrible cuyo solo grito es comparado al poder destructivo del diluvio.
Como puede esperarse, los dos héroes salen victoriosos. Sin embargo, antes de morir decapitado, Humbaba les propone, a cambio de su vida, permitirles cortar algunos de los cedros sagrados, pero tanto Gilgamesh como Enkidú prefieren una victoria sangrienta y arrasar el bosque. En lugar de la prudencia, eligen la desmesura, la hibris, como la llamaban los griegos, y que tanto detestan los dioses.
A manera de castigo, Enkidú contraerá una enfermedad desconocida y morirá en los brazos de su amigo que, además de llorar la pérdida del ser que más ama, verá en el cadáver que se empieza a descomponer y a llenarse de gusanos, un espejo de su propio destino mortal.
A partir de ese momento, el relato de aventuras se transforma en una búsqueda, no tanto religiosa como es el caso de la Biblia, sino filosófica. Gilgamesh busca no tanto una espiritualidad como una respuesta concreta a su finitud. La respuesta no puede venir, entonces, de la esperanza ni de un substituto simbólico.
Por ello, después de meses, o incluso años, de errancia, el héroe decide partir una vez más, ya no para buscar renombre sino en busca del remedio al mal profundo de nuestra especie.
En la ciudad ronda una leyenda que cuenta que cierto Utnapishtim, tan viejo como el diluvio que casi aniquila el universo, obtuvo, en pago por su lealtad a los dioses, la vida sin fin. Para encontrarlo, Gilgamesh deberá ir hasta los confines del mundo, desafiar los peores peligros, pasar hambre y frío hasta no ser más que la sombra del guerrero de antaño. Tanto que, al verlo, el viejo inmortal y su esposa no sabrán si se trata de un mendigo extraviado.
Con sus pocas fuerzas, Gilgamesh logra articular su pregunta sobre el secreto de la vida eterna, pero tendrá que conformarse con una respuesta desalentadora: el viejo Utnapishtim es un caso único e irrepetible. La condición humana está condenada a la muerte, desde el día de su nacimiento.
Sin embargo, antes de tomar el camino de regreso, la mujer de Utnapishtim se apiada de él y le concede una planta, magro consuelo, con la que podrá recobrar la juventud, pero Gilgamesh, distraído durante el viaje, se detiene a bañarse en un río. Al salir, verá a una serpiente llevarse entre sus fauces la planta y sus últimas esperanzas.
La escena final, y discúlpenme si les arruino el desenlace del libro, es tan enigmática como significativa. Por fin de regreso en la ciudad de Uruk, Gilgamesh se sienta en lo alto de una muralla con un navegante que encontró en el camino y, ahí arriba, le muestra el bello paisaje que se extiende hasta el infinito.
Quizá por ello, cuando esta semana leí, aterrado, los esfuerzos inhumanos (y sobre todo los terribles peligros) que llevan a cabo los gigantes de la tecnología, y a los cuales concurrimos todos sin saberlo, en esa carrera suicida, no pude impedirme pensar en el parecido con la historia de ese rey remoto. Aunque con una diferencia: al final de la corrida, no quedará ningún paisaje que mirar.
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