MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 316 ENERO DEL AÑO 2025 ISNN 0124-4388
Un hombre está en su lecho de muerte y con sus últimas fuerzas le hace señas a su mejor amigo para que este se acerque y escuche su última voluntad: destruir todos sus escritos, sus textos literarios, sus cuentos, sus novelas, al igual que sus dibujos y, sobre todo, su correspondencia, sus cartas, sus diarios. El otro hombre, vestido ya de un luto respetuoso, acerca la oreja sabiendo, de antemano, que no la cumplirá. Entre la fidelidad a su amigo moribundo y la devoción por sus escritos, prefiere dejarse guiar por esta última. Unas horas después, la vida de Kafka se extingue entre los espasmos de la tuberculosis y Max Brod sale de la habitación con un amigo menos, pero con varios manuscritos más.
Desde el colegio, esta escena macabra me persigue. Me la contó por primera vez mi profesora de español y me la siguieron contando, con variaciones menos telenovelescas, en la universidad. Sin embargo, todas las versiones coincidían en una cosa: Max Brod había hecho “lo que había que hacer”. Es decir, salvar de las llamas varios de los libros fundamentales del siglo XX.
Yo, que soy un admirador sin reservas de Kafka y que no exagero si digo que no sería la misma persona hoy en día de no haber leído, en mi adolescencia, La Metamorfosis y El Proceso, no puedo evitar cierta vergüenza al abrir buena parte de sus libros, como si trasgrediera el espacio privado. Sobre todo, cuando hojeo los escritos personales, como los Diarios y la Carta al padre, que todo el mundo ha leído, salvo la persona a quien estaba destinada.
Esa sensación de vergüenza tomó otro rumbo, una tarde en la universidad, luego de asistir a la presentación de un libro que recopilaba dibujos y algunos textos cortos traducidos por primera vez al español. El traductor, un germanista bien empapado de la cuestión, no se preocupaba tanto del problema moral de publicar o no publicar sino más bien de cómo se había hecho. Ponía en duda la imagen tan difundida según la cual Kafka sería un ser atormentado, casi un mártir de la literatura. Y acusaba a Brod de haber tergiversado los papeles que tenía en sus manos. Como prueba, daba esas traducciones en las que Kafka aparece como un autor vanguardista, que se interesa en el cubismo, la caricatura y la literatura erótica, y que tiene un gran sentido del humor. De hecho, se sabe que los primeros lectores del Proceso no podían aguantar las carcajadas. Porque, si se mira bien, se trata de una situación absurda, tristemente cómica, al igual que la de Gregor Samsa, que amanece convertido en un gigantesco insecto.
Pero entonces, ¿qué sucedió para que el autor que escribía historias absurdamente divertidas se convirtiera en el santo patrón de los deprimidos, de los adolescentes que no hallan su lugar en el mundo, de los neuróticos y los perdedores?
La respuesta está en uno de sus compatriotas: Milán Kundera. En los Testamentos traicionados hace un análisis profundo de la obra de Kafka y, cosa extraña, de la de su amigo Max Brod, que también era escritor y que la historia habría olvidado si no fuera por sus buenos servicios.
A su muerte, Kafka había publicado solo unos pocos libros: la ya citada metamorfosis, El veredicto, Un médico de campo, La colonia penitenciaria, El chofer. El resto no eran sino papeles en los que trabajaba incansablemente durante las noches después de su trabajo de oficina. Tanto él, como Brod, se habían pedido mutuamente destruir sus correspondencias y sus trabajos inconclusos. Brod habría respondido que no quemaría nada, pero como no hay testigos del momento (solo la palabra de Brod), no se puede saber lo que se dijeron los dos amigos.
Sea como fuere, inmediatamente después de la muerte de Kafka, Brod se apresuró a publicar las grandes novelas que conocemos (El desaparecido o América, El proceso y el Castillo), acompañadas de prólogos explicativos en los que justifica la traición a la voluntad de su amigo. Además, en los años siguientes redactó varias monografías que sentaron las bases de lo que Kundera llama la kafkología, es decir el estudio de Kafka en tanto que pensador religioso.
La kafkología no es sino, según Kundera, una manera sofisticada de no entender la obra de Kafka. Peor aún: de rehusarse a hacerlo, de renunciar a verlo como a un novelista (un artista) con sus afinidades (Sacher-Masoch, Balzac, Flaubert) y su estética. Es ella la que establece una jerarquía en los estudios de Kafka, que se centran esencialmente sobre su vida, y que justifican la lectura y la relectura de su correspondencia privada.
En uno de sus ensayos, Brod dice justamente que Kafka “no dio nunca una explicación sistemática de su filosofía y de su concepción religiosa del mundo. A pesar de eso, se puede deducir su filosofía de su obra, sobre todo de sus aforismos, pero también de su poesía, de sus cartas, de sus diarios, luego también de su manera de vivir”. Y luego agrega que hay dos corrientes en la obra de su amigo: “1) los aforismos, 2) sus textos narrativos”. “En sus aforismos, Kafka expone la palabra positiva, su fe, su llamado severo a cambiar la vida personal de cada individuo”. Y en sus textos narrativos (sus cuentos, sus novelas) “describe castigos horribles destinados a aquellos que no quieren escuchar la palabra y no siguen el buen camino”. No se puede estar más alejado de esa primera lectura con que Kafka divertía a sus amigos.
En realidad, Brod y Kafka, aunque amigos, tenían amplias diferencias estéticas. El primero estaba aún embelesado con un romanticismo cursi, mientras el segundo parecía burlarse del lirismo amoroso y analizar de manera cruda la sexualidad (por ejemplo, las descripciones de los coitos de K. en el Castillo). El primero, sionista convencido que terminó sus días en Tel Aviv, estaba más interesado en la reflexión teológica y en la difusión de un mensaje, que en el arte.
Así puede entenderse el afán con que publicó el resto de los papeles que tenía entre las manos: los diarios personales, las cartas e incluso, quizá por remordimiento de conciencia, el testamento, o, más bien los testamentos de Kafka, en los que aparece la voluntad expresamente desobedecida. Y en la que se ve, además, que no había ninguna intención, como se cree habitualmente, de aniquilar toda su obra, sino solamente “algunas cosas” que consideraba mal logradas.
Este año, en que se conmemora justamente el centenar de la muerte de uno de los escritores más singulares del siglo pasado, no estaría mal reconocer que se cumplen también cien años de la traición más grande de la literatura.
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