MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 308 MAYO DEL AÑO 2024 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com icono facebook icono twitter icono twitter

Quisiera saber

Por: Yéssica Tuberquia Agudelo
elpulso@sanvicentefundacion.com

Estar en la mente de un bebé que se sorprende porque descubre por primera vez que tiene pies. Tocar, observar y reír. Hay un objeto no identificado que se mueve junto con él. Ese es solo el inicio para adivinar que aquello que se lleva a la boca le permitirá conocer una parte del mundo. Dar pequeños pasos, caer, caminar, caer, correr, caer.

Estar en la mente de un niño que aprende a leer y a escribir, ¿antes de eso qué era del lenguaje, de los pensamientos? Un “ma-má” no significa nada sin alguien que le dé un significado, solo es importante porque hay una mamá que, en efecto, espera ser llamada “ma-má”. Ese es el inicio para adivinar que las palabras no son la realidad.

Estar en la mente de un adolescente que se pierde y se encuentra, una y otra vez, en un eterno circuito que solo dura hasta que un niño lo llama “señor” o “señora”. Descubre lo que se siente correr y el dolor de caer, porque tal vez justo en ese instante se da cuenta que tiene que volver a dar los primeros pasos. Descubre que el lenguaje que le enseñaron es insuficiente para expresar un “te amo” y un “te odio”. Ese es el inicio para adivinar que hay un abismo entre el “yo” y el “usted”.

Estar en la mente de un adulto en su primer día de trabajo. Temblar, observar y asentir. ¿Eso fue lo que alguna vez soñó? ¿Eso será lo que haga para el resto de su vida? En un closet olvidado quedaron los vestidos de bailarín, el uniforme de fútbol, el micrófono de juguete, los carritos que corrían más rápido que cualquier Ferrari. Ese es el inicio para adivinar que “toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.

Estar en la mente de un anciano que anhela o teme a la muerte, que recuerda nítidamente los pasos que ha dado o que, por el contrario, no logra establecer su principio ni su fin. ¿Qué fueron de los años? Corrieron junto con los pies y tropezaron con la inevitabilidad de tener que cerrar los ojos para siempre. Esa es la consumación de todo acto humano que se entrega o no dócilmente a la buena noche.

Ojalá haber estado en todas las mentes de los hombres para recordar qué se siente nacer. Para pensar en la muerte, así, simple, sin mayúscula y sin rencores. Sin presentirla. Ojalá haber estado en todas las mentes de los hombres para recordar qué se siente morir y que el universo continúe en su movimiento natural.

Asustan el olvido y los milenios. Asusta el cementerio que ya no tiene nombres ni huesos. Asusta que no hemos logrado tocar las nubes con las manos ni ver una sirena, en el mar o en el cielo. Y sin embargo, nuestra memoria ha sobrevivido a esos temores, porque hay quienes en su adultez todavía se asombran con el movimiento de sus pies y, de vez en cuando, también se los llevan a la boca para recordar a qué sabe la tierra. Hay quienes no se dieron por vencidos con el límite del “amor” y el “odio” y se empeñaron en encontrar o crear más palabras para expresar lo que tiembla en el pecho.

¿Qué pasaba en la mente de Cristóbal Colón cuando creía en los designios divinos que lo llevarían a tierra fiera? ¿Qué pasaba en la mente de Marco Polo cuando escuchó la historia de un hombre que movió una montaña con su fe? ¿Qué pasó en las mentes de cuyas personas recordamos como “brillantes”? ¿Qué pasó en las mentes de quienes, por obligación o decisión, llevaron una vida que otros llamarían “cotidiana”?

Nacemos, vivimos y morimos gracias a ellos. No importa si no hemos tocado una nube, porque la hemos atravesado en un avión (copia de un pájaro); no importa si no hemos visto una sirena, porque Colón imaginó que así lo había hecho (pobre de aquel manatí que llamaron feo y con cara de hombre); no importa si morimos, porque hemos leído sobre hombres inmortales.

Tanto que nos hemos esmerado en separar la realidad y la ficción para sostenernos en una aparente cordura, cuando al habitar nuestra mente le damos paso a la creación de la ficción, en la fantasía de nuestro nombre, en la memoria que le gusta tergiversar la información para no hacernos sufrir tanto, en los sentimientos que se confunden, porque entre la tristeza y el cansancio hay un solo paso.

Quisiera yo saber qué piensan los demás a mi alrededor cuando van montados en un bus, cuando confiesan que aún no han aprendido a cocinar, cuando ven un bebé llorar o un anciano a punto de callar su último adiós.

Quisiera yo saber qué pensaba antes de aprender a diferenciar la v de la b. Quisiera recordar todas las veces que he llorado y por qué.

Estar en la mente de un humano que no sabe ni nunca sabrá con certeza qué significa vivir.



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