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Tejer para sanar las heridas del conflicto armado

Por: Redacción EL PULSO
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De cómo las artes textiles ayudan a mejorar las afectaciones en salud mental causadas por el conflicto armado en diferentes regiones del país.

“Uno se siente protegido, cuando empecé a estar armada, yo sabía que eso era mi defensa, que si alguien me atacaba tenía que defenderme con esa arma y esa era mi compañera fiel, esa era la que no me fallaba porque eso es lo que le pasa a uno cuando está en la guerra, … que si uno se descuida lo mata a uno mismo. Si uno la sabe manejar, ella no lo traiciona nunca. Para mí fue muy duro entregarla, yo lloré mucho, me dio muy duro, me tocó entregarla. Es un vacío”. Así describió Adriana el tejido que hizo en 2019 titulado “Fusil”.

Ella hizo parte, junto a varios excombatientes, de la investigación colaborativa internacional “(Des) tejiendo miradas sobre los sujetos en proceso de reconciliación en Colombia”, realizada por la Facultad de Enfermería de la Universidad de Antioquia, el Departamento de Política Internacional de la Universidad de Aberystwyth (Gales, Reino Unido), y de la Asociación de Víctimas y Sobrevivientes del Nordeste Antioqueño. El proyecto fue financiado por el de Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación (Minciencias).

Los ex combatientes participantes están ubicados en San José de León (Mutatá) y Llano Grande (Dabeiba), ambos en el departamento de Antioquia.

Todo inició con las víctimas

De acuerdo con Beatriz Elena Arias López, docente de la Facultad de Enfermería de la Universidad de Antioquia e investigadora principal, a la utilización del tejido como una terapia sanadora llegaron porque conocieron de experiencias de víctimas que utilizaban los textiles para narrar su pasado, su presente y su futuro.

Por ejemplo, las Mujeres de Mampuján, quienes fueron víctimas del paramilitarismo, en la zona de los Montes de Maria, llevan más de una década tejiendo para narrar los efectos de la guerra en sus vidas, sus familias y su comunidad, y con su trabajo mancomunado ganaron el Premio Nacional de Paz, “por su incansable labor en la recuperación física y psicológica del entorno”.

“Cuando tenemos tanto dolor en el corazón, tejer nos ayuda a sacar afuera esos pensamientos y expresar lo que muchas veces no podemos decir a nadie”, explicó Juana Alicia Ruiz, representante legal de Mujeres tejiendo sueños y sabores de paz, de Mampuján.

Por su parte, Yolanda Perea, víctima de violencia sexual, viene acompañando a otras víctimas a elaborar su sanación emocional con el tejido. “Bordar nos ayuda a entretejer todo lo que llevamos roto por dentro, coger esos pedacitos que dejaron de nosotras y armarnos de nuevo, y hacerlo con otras nos ayuda a entender que no estamos solas y que juntas podemos superar ese pasado atroz que nos tocó vivir”.

“En estas experiencias encontramos que el tejido servía para que las personas que han reprimido sus narraciones por mucho tiempo, sea por timidez, por miedo o por problemas de comunicación pudieran sacar el dolor que llevaban dentro y empezaran a sanar”, contó Arias.

Por eso, sin proponérselo, el tejido les fue sirviendo de terapia para socializar sus incertidumbres, sus dudas, sus miedos, primer paso esencial en un proceso de sanación en este caso, mental.

Luego de trabajar varios años con víctimas del conflicto, los investigadores se aventuraron a hacerlo con excombatientes, la idea era contribuir a conocer al otro, a resonar con la historia compartida del país, a destejer estereotipos y estigmas, que también es empezar a tejer la confianza necesaria para la reconciliación, ayudar a las personas en proceso de reincorporación a reescribir su historia y a encontrar un lugar como civiles en el tejido social colombiano.

Edwin, otro de los excombatientes, lo dice así: “yo cuando estoy bordando, me concentro. Incluso llega el momento en que no pienso en nada. Me concentro en las puntadas, que ésta me quede bien. … Y es una sensación buena. Como de una u otra forma uno, con cada puntada, es como soltar, digámoslo así, esas cargas que se tienen”.

Los relatos más íntimos son colectivos

Casi toda la tela es blanca, y en el medio hay un morral, dos bolsas plásticas y una caja de cartón tejidas con hilos de colores. Carlos plasmó en la tela una de las cosas más significativas de su nueva vida: “Estas son las cosas que me traje cuando me vine a vivir aquí con mi mamá. Yo nunca había vivido con ella. En el equipaje no sabía que traer, no me cabía todo lo que quería traer, hasta que decidí meter todo en bolsas plásticas. Estoy muy feliz de venir a vivir con mi madre”.

A su turno, Rosa aprovechó el bordado para sus nostalgias, un cuadro, ocho niños y una mujer adulta, el resto en blanco: “Mi mamá tenía una foto de mi papá colgada en la pared… A él lo desparecieron en el monte. Lo buscamos, pero no supimos más de él. En el pueblo escuchamos muchos rumores, pero no… Nosotros éramos ocho hermanos…”.

Nena también recordó a su progenitor: “Cuando yo estaba pequeñita, mi papá se mantenía de casa en casa porque él era un hombre solo, mi mamá lo había dejado. Éramos seis y él nos repartió, iba dejándonos de casa en casa de amigos. Pero a mí no me quiso regalar y se quedó conmigo”.

Y es que el arte textil les ha ayudado tanto a la sanación emocional como a la reconciliación colectiva, si bien es cierto, como lo señaló Arias, que el proyecto no pretende patologizar ni medicalizar a los individuos participantes, sí logra darse una mejor comprensión acerca de cómo se rompieron los lazos familiares y sociales, por causa del conflicto armado, y ayudar a entretejerlos de nuevo.

“Esto no es arte-terapia, no lo hacemos con esa motivación, pero sabemos que cuando se trabaja en una narrativa textil sobre lo que se ha roto hay efectos importantes en la salud mental”, dijo Arias, quien mencionó que a nivel individual se logran reflexiones muy profundas, ya que la tarea de coser es muy lenta, y eso es positivo en la medida que las personas se toman más tiempo para elaborar sus duelos, entender sus situaciones y perdonar.

Pero, para Arias, lo más importante en todo este proceso son los efectos colectivos: “También entendieron que no estaban solas, que no son los únicos seres en la tierra que pasaron por sus experiencias, que otros también han sufrido y terminan apoyándose unos a los otros. En esa medida las dinámicas de comprensión colectiva ayudan a tramitar el sufrimiento, y le da a las situaciones personales un contexto social, económico y cultural”.

La investigadora jefe explicó que la intervención colectiva hace que el par se convierta en un apoyo con quien conversar, sin necesidad de terapeutas, lo que crea muchas más capacidades en las comunidades.

Como dijeron las personas que participaron tejiendo en el trabajo en la carátula del libro textil: “Hemos estado saturadas de muerte y de dolor, pero también hemos sobrevivido, vimos la guerra muy cerca, ha estado en la vida cotidiana. Hoy hacemos algo para reinventar la historia, nos encontramos y hablamos, eso nos da esperanza, nos hace saber que hay algo que hacer y que podemos seguir adelante y hacerlo…”


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