MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 256 ENERO DEL AÑO 2020 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com icono facebook icono twitter

Onironauta

Diarios de “onirismo y pesadilla”
Abrenuncio Domicó

Por: Alejandro Londoño
elpulso@sanvicentefundacion.com

En mis duermevelas alucino y busco respuestas elusivas en la vigilia. Son espacios oníricos que revelan la fatalidad. Solo cierro los ojos y convoco a mis fantasmas, les pido en silencio la lucidez del místico y la visión del profeta. Hoy mi espacio es el penal, qué digo, el confesionario en la clínica, el hospital.

Bajo los párpados, dejo que mi cuerpo adquiera el peso del aire y la fluidez del plomo; llevo mi carne al decúbito sutil y con las manos en el pecho remedo la postura del que muere, ergonomía tanática que facilita el viaje.

El pulso se ralentiza y mis ojos comienzan a dar tumbos tras los párpados, señal inequívoca en la que reconozco que comienzo a visitar los terrenos de Morfeo. De repente, me pierdo, siento el vértigo, la sacudida de quien cae en picada y frena al llegar al punto que en vez de llegada promete el inicio del viaje órfico. Arribo desnudo, solo cubierto de piel y con mis genitales a modo de péndulo entre los muslos. La puerta es de un hermetismo color sebo, convexo en su superficie y blando al tacto. Su arquitectura remeda un laberinto de surcos y ensenadas, pliegues que se entorchan remedando gruesos y cilíndricos fideos. Reconozco los sesos, ese kilo y medio de grasa y proteína, entramado de pasillos de retícula infinita, conectividad multiplicada de un dinamismo trepidante. Presiento la confusión en ese fluir eléctrico que ahora sé que corresponde al inicio del viaje a través de la institución hospitalaria. Sus pasillos se desarrollan con la lógica de la economía y la asepsia. Diseños creados para dar la ilusión de limpieza, un ascetismo que niega que la vida inicia en el fango cochambroso de la placenta. Me defino por el desfiladero de la médula y a empellones logro llegar a la boca, lugar de entrada y de reverso, sitio de aduana de alimentos y articulación de las palabras. Capital de ecos y rectoría donde se obliga a callar las libertades que anhelan alcanzar a otros y contagiar con discursos de verdad. Golpetazo de la lengua y ¡zas!, me voy para atrás, como buzo que se sumerge de espaldas al mar, caja de resonancias donde anidan los fuelles pulmonares y ese largo nemátodo hueco que son las entrañas. Me baño en jugos ácidos donde se cuecen mis pesares y multiplican mis temores. Sigo, ahora en carne viva, haciendo carambolas en esa anatomía corporal. Recorro sus pasillos vasculares que, estrechándose a cada tramo, me obligan a reducir la estatura al punto de forzar tanto mi pequeñez que termina fracturando mis huesos en los vórtices formados entre sus sanguíneos causes. De allí me escupen al hígado, y ya llagado y con la osamenta rota pasan a machacarme con enzimas y lanzarme a través de un tubo vertical para ser expuesto a sales que siguen devorando mis restos. Intento abrir los ojos, pero esos jugos verdes me impiden ver más allá de mis pestañas.

Identifico las normas de este sitio, su disciplina que busca transformar lo que entra y llevarlo al punto obligado por el cuerpo-policía. Anatomía dócil, disciplinada a punto de mecanismos “naturales” y naturalizados por su uso, todas políticas biológicas orientadas a alinear la vida en una fila recta, a corregir sus curvas. Me adentro en las vellosidades del intestino y allí, mimetizadas y vendidas como caricias, siguen ordenando mi cuerpo, llevándolo al punto blando, obediente y “agradecido” con sus técnicas de orientación. Me voy de rola a los riñones, con la ilusión del que cree que se hace libre, solo para percatarme que allí, sometido a la escala de sus moldes, continúa la tarea de ajustarme a sus medidas. Me embrollo en resistencia, pero el diámetro de sus tubos me presiona a tal punto que no tengo opción diferente a hacerme del tamaño de sus exigencias. Me enfurezco, me resisto, convulsiono, así que me juzgan y condenan con tal crueldad que temo por el fin de mi existencia. Soy condenado y llamado “resto” y “despojo”. Me miro a mi mismo y no me reconozco, apenas residuo del tránsito y la condena. Me llevan atado a través de un pasillo amplio de paredes enfangadas en una materia untuosa que se va haciendo sólida. Reconozco este compendio final cuando miro a mi alrededor y ubico el sitio de tránsito terminal, lugar de recaudo y expulsión, frontera y desenlace antes del último viaje, cuarto previo a la eliminación donde somos reunidos aquellos restos masticados por ese cuerpo-sistema político hospitalario, para ser expulsados por el recto y enviados al último viaje. Estoy en el tramo final donde los viajantes somos eliminados por ser considerados inútiles a la vida y carentes de nutrientes.

Desperté arruinado, magullado por el mal dormir y la pesadilla, pero con la certidumbre del viajante que regresa otro. Supe que el mundo del hombre es apenas remedo del cuerpo, que nos sentimos la medida del todo y que nuestro universo no es más que una metáfora de la inmediatez de nuestra carne. Comprendí también que nuestro planeta es un cuerpo en puntos suspensivos, el mundo un cuerpo articulado por miles de millones, la sociedad un cuerpo politizado y el hospital un cuerpo-herramienta construido por humanos, sitio de transformaciones y de cambios, de milagros y violencias.


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