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Hace muchos años compré un pequeño cactus en un vivero de mi ciudad. Luego de recibir las instrucciones relativas a los cuidados de este ser vivo, me fui contento de allí y le obsequié este presente a mi novia - que ahora es mi esposa y madre mis hijos. ¿por qué un cactus? yo mismo no lo comprendo bien, aunque quizá un buen sicoanalista sospeche la razón.
Siguiendo las recomendaciones extraídas de los testimonios de mis padres y abuelos que insistían en que día a día, debía hablarle a los árboles y plantas para que reverdecieran y vivieran mucho tiempo, me dediqué a una práctica que al principio, me parecía un poco extraña y era, decirle palabras bonitas a mi pequeño cactus.
La planta creció y creció y hasta produjo pequeños retoños. Sin embargo, en una época muy ajetreada de nuestras vidas, sin mayores explicaciones ni reclamos, comenzó a perder propiedades de frescura y belleza y llegó a un punto en que parecía casi morir. Retomamos las palabras bonitas con nuestro pequeño ser y volvió a vivir. Por cosas de la vida, en un cambio de residencia de mi novia, perdimos contacto con nuestro cactus - confieso que todavía me pregunto, como Silvio se preguntaba a propósito de las palabras, las miradas, los viejos zapatos o las hojas de un árbol, - ¿a dónde fue a parar mi pequeño cactus? -.
Menciono esta historia a propósito de un curioso experimento efectuado por un investigador japonés: Masaru Emoto, que demostró cómo las palabras que se pronunciaban frente a varios recipientes de arroz con agua, arrojaban resultados distintos. El arroz que se fermentó y produjo un aroma agradable, fue aquel que recibió día a día, la expresión “gracias”. Por el contrario, los otros recipientes de arroz, se pudrieron bajo el influjo de la palabra “idiota”, o sometidos al silencio.
¡Qué tan importantes y maravillosas son las palabras bonitas! “Gracias”, “perdón”, “te amo”, “lo hiciste bien”, “excelente trabajo”... tantas palabras que podrían ayudar a revivir amistades, relaciones humanas, climas laborales, ambientes de aprendizaje, entre muchos otros. Pero qué amargas son las malas palabras o incluso el silencio, corruptores de sueños y de alegrías, ladrones de ilusiones y corrosivos del corazón. Cuán benéficas son las palabras bonitas que ayudan a embellecer a nuestros seres queridos frente a nuestros propios ojos y cuánta peste sobreviene de las malas y feas palabras pronunciadas de forma constante al cónyuge, al hijo, al amigo, al empleado, al colega, al estudiante.
Ya va siendo hora que seamos cada vez más conscientes de la extraordinaria y peligrosa arma que es nuestra propia lengua. Tener consciencia de la necesidad que tienen los seres vivos de palabras estimulantes y que el silencio sea roto, solo para expresar – como aquel cuento chino de las tres rejas – ideas verdaderas, ciertas y necesarias.
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