MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 5    NO 64   ENERO DEL AÑO 2004    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co
Reflexión del mes
“Que el ser humano
no sea indigno del ángel
cuya espada lo guarda
desde que lo engendró aquel amor
que mueve el sol y las estrellas…

Que recuerde que
nunca estará solo.
En el público día
o en la sombra,
el incesante espejo lo atestigua.
Que no macule su cristal
una lágrima.

Señor:
Que al cabo de mis días
Yo no deshonre al ángel”

Jorge Luis Borges
Fragmento “El ángel”

 
¿Hacia delante o hacia atrás?
Carlos Alberto Gómez Fajardo - cgomezfaj@geo.net.co

Con claridad, para quien tenga los sentidos dispuestos a percibir esta simple realidad, se ha hecho oportunamente la advertencia: “Que los avances científicos no sean un pavoroso retroceso en el campo del hombre”.
Es infortunado tener que dejar la constancia de que en efecto, tal retroceso está teniendo lugar en un mundo cuya intención de globalización pareciera limitarse estrictamente al logro de determinadas metas en lo que atañe a satisfacción de criterios de “bienestar” colectivo y personal. Es incómodo, cuando no costoso e inoportuno, el enfermo que supone unos cuidados a largo plazo por parte de unos individuos, familias y conglomerados sociales cada vez más comprometidos en la egoísta cuota de cumplimiento de objetivos que se logran por medio del uso de la tarjeta de crédito.
Esto es lo que está sucediendo con el diagnóstico prenatal de las malformaciones congénitas. En el Reino Unido, por medio de la imposición oficial de políticas de “screening” masivo a las mujeres en embarazo, se están sometiendo a abortos (“interrupción del embarazo” es el obvio eufemismo) a las gestantes, ante la sospecha de llevar en su seno niños con síndrome de Down o con alteración bioquímica o ecográfica sugestiva de defecto abierto del tubo neural, como meningocele o mielomeningocele. Igual es la situación en California y en Hawai, en donde algunos salubristas comienzan a manifestar parte de victoria por lograr reducir a cero ciertas tasas de mortalidad infantil. No faltan las autoridades locales, asiduas visitantes de la máquina fotocopiadora, que resultan con la “novedosa” idea de que es urgente aplicar entre nosotros igual conducta. Preguntemos esto -mero ejercicio lógico- a cualquiera (no todos por fortuna) de los técnicos en ecografía obstétrica que despiden de su escenario a la paciente dándole una misteriosa cifra de unos determinados milímetros de “sonoluscencia nucal”: ¿Con qué finalidad proporcionan esta información a la paciente? ¿Qué beneficios se derivan de allí? ¿Qué intención y cuál finalidad conducen a que con tanta insistencia se le plantee a la gestante sometida a este examen el énfasis en un detalle del mismo -por el cual ella en buena parte de los casos- ni siquiera ha preguntado? Casi siempre en sus respuestas se esboza un: “... es que tienen derecho”, “... es que ellas decidirán”. Eso sí, no suelen responder a la pregunta original: ¿Cuál es el Bien que se hace con ello?
Las referencias de la literatura especializada son de una frialdad similar a la alcanzada por los planificadores de políticas de eugenesia y exterminio de ciertas épocas no muy lejanas. Se conocen los estudios epidemiológicos. Viene aquí de nuevo la “medicina basada en evidencias” (MBE) que no es sino una medicina basada en costos, abuso absurdo de la manipulación terminológica derivada de una comprensión errónea del término “calidad de vida”. Curiosamente, esa metodología suele ser aceptada casi universalmente, como axioma. Otra paradoja, puesto que toda autoridad suele ponerse en tela de juicio, incluso descalificarse, de modo harto sospechoso, por el simple hecho de ponerse a favor de ideas tan obvias como defender la dignidad de la vida humana, en especial la de aquel enfermo que se encuentra en condiciones de silencio, de indefensión y de inferioridad. Pero se acepta sin mayor discernimiento el absurdo de una moda en los procesos de decisiones médicos. La MBE es una moda, es una conducta, un modo de ver, de características endémicas, propio de los últimos veinte años, aceptado irracionalmente por individuos que creen practicar una actividad racional, como si esta no tuviese puntos débiles en su dinámica intrínseca. Son los manes de la era del vacío de Lipovetsky: impera la ética del relativismo “light”, el narcicismo lleno de fatuidad y de meteorismo moral. Da lo mismo ser aficionado al yoga que a los aeróbicos, a los vinos que al vegetarianismo activista, a la “reingeniería” que a la teoría X, Y o Z. Todo es igualmente “respetable”, hasta la inconsistencia y el absurdo.
Para comprobarlo, basta que el lector dé una mirada a los títulos que aparecen regularmente en los índices de contenido de las principales publicaciones de una especialidad como la ginecología y obstetricia. Sirven como ejemplo estas: Fertility and Sterility; American Journal of Obstetrics and Gynecology; Obstetrics and Gynecology. Allí aparecen copiosamente referencias disfrazadas con un tenebroso manto de neutralidad ética: feticidios selectivos, diagnóstico en blastómeras, tecnologías de PCR y FISH en embriones preimplantatorios para seleccionarlos, reducciones fetales, terminaciones médicas del embarazo por medios farmacológicos. El eufemismo como sistema hace su aparición desde las primeras páginas, como si con la repetición del equívoco se fuera logrando una desensibilización ética del lector, y por lo tanto, de la sociedad sobre la cual este lector incide con sus creencias y con sus actuaciones.
Una errónea definición de hombre: “Homo económicus”, es el sustrato de esta aberración. Por eso es el enfermo un indeseable ante el cual el tecnólogo operario de diversas especialidades de la medicina se convierte simplemente en un francotirador cuya tarea es la identificación de la víctima. Francotirador que además ha renunciado a su compromiso humano e hipocrático de respetar la vida de los débiles para convertirse en el ejecutor de los deseos de unos clientes, o usuarios, quienes, cuando exigen el aborto como una “medida terapéutica” (lógicamente, no lo es), están manchando sus manos con la sangre de sus propios hijos.
Hay que persistir en la tarea de dejar la constancia de que esto está ocurriendo con la medicina contemporánea. Es una realidad fáctica, pertenece al mundo de los hechos, no de las opiniones. Dejamos la constancia. Aunque resulte incómodo. Aunque saltemos bruscamente la barrera de los buenos modales en la política. También nuestra tarea, como miembros de una especie que aún es capaz de preguntarse por su destino y por sus fines, es continuar haciéndolo, aunque parezca inoportuno a quienes sólo desean cumplir estrictamente con las tareas numéricas que otros le han asignado y de las cuales obtienen lucro económico.
No nos queda duda de que la tolerancia ilimitada, es simplemente un modo de dimitir.

 
Bioética
El médico, el paciente,
el diagnóstico y la familia

Ramón Córdoba Palacio MD - elpulso@elhospital.org.co
Si el diagnóstico, el pronóstico y el tratamiento hacen parte del sigilo médico y deben ser comunicados al paciente en primer lugar y sólo con autorización de éste consentimiento idóneo puede el médico darlos a conocer a otros, ¿qué papel le queda a la familia, a los parientes? ¿No es acaso hacerlos arbitrariamente a un lado? ¿No pueden los familiares y los parientes cercanos proteger al enfermo de una noticia imprudente, de evitarle sufrimientos que consideran inútiles? Que es deber del médico comunicar en primer lugar al paciente el diagnóstico, el pronóstico y el posible tratamiento nadie lo discute hoy con argumentos racionales y tampoco hay duda de que no debe éticamente revelarlos a otros sin previa autorización idónea del paciente, su dueño absoluto.

Si los familiares y parientes consideran que el médico es incapaz de cumplir con este deber de informar al paciente con el menor daño posible para éste, que es inferior a la exigencia ética de «favorecer, no hacer daño», es mejor que prescindan de sus servicios y no pretender limitar su actividad profesional y que engañe conscientemente al enfermo.
No podemos negar que la solicitud de los parientes en este sentido, aunque inadecuada, está llena la mayoría de las veces de nobles intenciones: evitarle al enfermo temores por lo que se le anuncia sobre la enfermedad que padece o los sufrimientos que le acarreará. Pero hay evidencias que demuestran que el paciente capta los sutiles cambios que ocurren en su ambiente familiar: las nuevas y amables atenciones que antes no se presentaban, las manifestaciones afectuosas que ahora se hacen frecuentes, etc., y “adivina” la causa. Y ese silencio sobre la verdad acrecienta su angustia pues se ve privado de poder expresar sus sentimientos, sus inquietudes, sus necesidades de todo orden, porque teme romper el sortilegio que lo rodea. Con frecuencia comentan con alguno que goce de su confianza, ajeno a sus parientes, el incomprensible silencio del médico, cuando él intuye la gravedad de su enfermedad; se siente tratado como inmaduro, incapaz de afrontar los sucesos de su propia vida.
El paciente tiene el derecho, derecho primario, de conocer su estado clínico patológico y el futuro que puede éste depararle y nadie es más idóneo para dárselos a conocer, por su preparación académica, su sentido humano y la formación ética que debe distinguirlo, que el médico que mereció su confianza para pedirle ayuda en la enfermedad que lo aqueja. Más aún, conocido el pronóstico y previsto humanamente su futuro, tiene la obligación moral de ordenar sus asuntos espirituales, materiales, familiares, etc., que atañen a toda persona. Los parientes no pueden éticamente arrebatarle este derecho y esta obligación y, con todo respeto, consideramos que, en general, no sean los más aptos para cumplir con el requisito de ilustrarlo sobre su situación.
Entonces, ¿qué papel le queda a la familia, a los parientes? Su misión es esencial porque el ser humano requiere de la manifestación sincera de afecto, de solidaridad, de verdadero amor, en las circunstancias trascendentales, decisivas, de la vida. Pero no se cumple esta noble labor ocultándole al enfermo la verdad sobre su estado existencial. Le queda a la familia, a los parientes, a los amigos, contribuir con el médico a que el paciente comprenda su presente y su futuro, que los acepte y los viva con dignidad. Así, las expresiones no usuales de afecto, de consideraciones inclusive puramente materiales, no le crearán suspicacia sino gratitud.
Y, ¿de qué manera puede llevarse a cabo esta noble y delicada tarea? Los principios y consejos que dicta la prudencia para el médico son aplicables a la familia, a todo el que acompañe al enfermo: «Discreta psicoterapia con la palabra oportuna y con el silencio», enseña Laín Entralgo. «Favorecer, no hacer daño» se afirma ya en el Corpus hippocraticum, y el citado Laín Entralgo expresa al respecto: «[...] el médico debe decir al paciente toda la verdad que convenga a su bien natural (el logro de su salud) y a su bien personal (el destino último de su existencia, tal como sus creencias lo entiendan); por tanto, toda la verdad que sea capaz de soportar. Pues bien: según la experiencia, el moribundo es el enfermo más capaz de soportar toda la verdad; incluso la pide en ocasiones, si se sabe leer en su mirada y en sus silencios». La familia y el médico cumplen a cabalidad su misión humana con el paciente demostrándole con palabras y especialmente con hechos, que lo aman y lo respetan de verdad.

Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-

 











Arriba

[ Editorial | Debate | Opinión | Monitoreo | Generales | Columna Jurídica | Cultural | Breves ]

COPYRIGHT © 2001 Periódico El PULSO
Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de su titular
. Reproduction in whole or in part, or translation without written permission is prohibited. All rights reserved