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| Reflexión del mes |
Que el ser humano
no sea indigno del ángel
cuya espada lo guarda
desde que lo engendró aquel amor
que mueve el sol y las estrellas
Que recuerde que
nunca estará solo.
En el público día
o en la sombra,
el incesante espejo lo atestigua.
Que no macule su cristal
una lágrima.
Señor:
Que al cabo de mis días
Yo no deshonre al ángel
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Jorge Luis Borges
Fragmento El ángel
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| ¿Hacia
delante o hacia atrás? |
| Carlos
Alberto Gómez Fajardo - cgomezfaj@geo.net.co |
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Con claridad, para quien tenga los sentidos dispuestos a
percibir esta simple realidad, se ha hecho oportunamente la
advertencia: Que los avances científicos no sean
un pavoroso retroceso en el campo del hombre.
Es infortunado tener que dejar la constancia de que en efecto,
tal retroceso está teniendo lugar en un mundo cuya
intención de globalización pareciera limitarse
estrictamente al logro de determinadas metas en lo que atañe
a satisfacción de criterios de bienestar
colectivo y personal. Es incómodo, cuando no costoso
e inoportuno, el enfermo que supone unos cuidados a largo
plazo por parte de unos individuos, familias y conglomerados
sociales cada vez más comprometidos en la egoísta
cuota de cumplimiento de objetivos que se logran por medio
del uso de la tarjeta de crédito.
Esto es lo que está sucediendo con el diagnóstico
prenatal de las malformaciones congénitas. En el Reino
Unido, por medio de la imposición oficial de políticas
de screening masivo a las mujeres en embarazo,
se están sometiendo a abortos (interrupción
del embarazo es el obvio eufemismo) a las gestantes,
ante la sospecha de llevar en su seno niños con síndrome
de Down o con alteración bioquímica o ecográfica
sugestiva de defecto abierto del tubo neural, como meningocele
o mielomeningocele. Igual es la situación en California
y en Hawai, en donde algunos salubristas comienzan a manifestar
parte de victoria por lograr reducir a cero ciertas tasas
de mortalidad infantil. No faltan las autoridades locales,
asiduas visitantes de la máquina fotocopiadora, que
resultan con la novedosa idea de que es urgente
aplicar entre nosotros igual conducta. Preguntemos esto -mero
ejercicio lógico- a cualquiera (no todos por fortuna)
de los técnicos en ecografía obstétrica
que despiden de su escenario a la paciente dándole
una misteriosa cifra de unos determinados milímetros
de sonoluscencia nucal: ¿Con qué
finalidad proporcionan esta información a la paciente?
¿Qué beneficios se derivan de allí? ¿Qué
intención y cuál finalidad conducen a que con
tanta insistencia se le plantee a la gestante sometida a este
examen el énfasis en un detalle del mismo -por el cual
ella en buena parte de los casos- ni siquiera ha preguntado?
Casi siempre en sus respuestas se esboza un: ... es
que tienen derecho, ... es que ellas decidirán.
Eso sí, no suelen responder a la pregunta original:
¿Cuál es el Bien que se hace con ello?
Las referencias de la literatura especializada son de una
frialdad similar a la alcanzada por los planificadores de
políticas de eugenesia y exterminio de ciertas épocas
no muy lejanas. Se conocen los estudios epidemiológicos.
Viene aquí de nuevo la medicina basada en evidencias
(MBE) que no es sino una medicina basada en costos, abuso
absurdo de la manipulación terminológica derivada
de una comprensión errónea del término
calidad de vida. Curiosamente, esa metodología
suele ser aceptada casi universalmente, como axioma. Otra
paradoja, puesto que toda autoridad suele ponerse en tela
de juicio, incluso descalificarse, de modo harto sospechoso,
por el simple hecho de ponerse a favor de ideas tan obvias
como defender la dignidad de la vida humana, en especial la
de aquel enfermo que se encuentra en condiciones de silencio,
de indefensión y de inferioridad. Pero se acepta sin
mayor discernimiento el absurdo de una moda en los procesos
de decisiones médicos. La MBE es una moda, es una conducta,
un modo de ver, de características endémicas,
propio de los últimos veinte años, aceptado
irracionalmente por individuos que creen practicar una actividad
racional, como si esta no tuviese puntos débiles en
su dinámica intrínseca. Son los manes de la
era del vacío de Lipovetsky: impera la ética
del relativismo light, el narcicismo lleno de
fatuidad y de meteorismo moral. Da lo mismo ser aficionado
al yoga que a los aeróbicos, a los vinos que al vegetarianismo
activista, a la reingeniería que a la teoría
X, Y o Z. Todo es igualmente respetable, hasta
la inconsistencia y el absurdo.
Para comprobarlo, basta que el lector dé una mirada
a los títulos que aparecen regularmente en los índices
de contenido de las principales publicaciones de una especialidad
como la ginecología y obstetricia. Sirven como ejemplo
estas: Fertility and Sterility; American Journal of Obstetrics
and Gynecology; Obstetrics and Gynecology. Allí aparecen
copiosamente referencias disfrazadas con un tenebroso manto
de neutralidad ética: feticidios selectivos, diagnóstico
en blastómeras, tecnologías de PCR y FISH en
embriones preimplantatorios para seleccionarlos, reducciones
fetales, terminaciones médicas del embarazo por medios
farmacológicos. El eufemismo como sistema hace su aparición
desde las primeras páginas, como si con la repetición
del equívoco se fuera logrando una desensibilización
ética del lector, y por lo tanto, de la sociedad sobre
la cual este lector incide con sus creencias y con sus actuaciones.
Una errónea definición de hombre: Homo
económicus, es el sustrato de esta aberración.
Por eso es el enfermo un indeseable ante el cual el tecnólogo
operario de diversas especialidades de la medicina se convierte
simplemente en un francotirador cuya tarea es la identificación
de la víctima. Francotirador que además ha renunciado
a su compromiso humano e hipocrático de respetar la
vida de los débiles para convertirse en el ejecutor
de los deseos de unos clientes, o usuarios, quienes, cuando
exigen el aborto como una medida terapéutica
(lógicamente, no lo es), están manchando sus
manos con la sangre de sus propios hijos.
Hay que persistir en la tarea de dejar la constancia de que
esto está ocurriendo con la medicina contemporánea.
Es una realidad fáctica, pertenece al mundo de los
hechos, no de las opiniones. Dejamos la constancia. Aunque
resulte incómodo. Aunque saltemos bruscamente la barrera
de los buenos modales en la política. También
nuestra tarea, como miembros de una especie que aún
es capaz de preguntarse por su destino y por sus fines, es
continuar haciéndolo, aunque parezca inoportuno a quienes
sólo desean cumplir estrictamente con las tareas numéricas
que otros le han asignado y de las cuales obtienen lucro económico.
No nos queda duda de que la tolerancia ilimitada, es simplemente
un modo de dimitir.
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Bioética
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El médico,
el paciente,
el diagnóstico y la familia
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Ramón
Córdoba Palacio MD - elpulso@elhospital.org.co
Si el diagnóstico, el pronóstico y el tratamiento
hacen parte del sigilo médico y deben ser comunicados
al paciente en primer lugar y sólo con autorización
de éste consentimiento idóneo puede el médico
darlos a conocer a otros, ¿qué papel le queda
a la familia, a los parientes? ¿No es acaso hacerlos
arbitrariamente a un lado? ¿No pueden los familiares
y los parientes cercanos proteger al enfermo de una noticia
imprudente, de evitarle sufrimientos que consideran inútiles?
Que es deber del médico comunicar en primer lugar al
paciente el diagnóstico, el pronóstico y el
posible tratamiento nadie lo discute hoy con argumentos racionales
y tampoco hay duda de que no debe éticamente revelarlos
a otros sin previa autorización idónea del paciente,
su dueño absoluto.
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Si los familiares y parientes consideran que el médico
es incapaz de cumplir con este deber de informar al paciente
con el menor daño posible para éste, que es
inferior a la exigencia ética de «favorecer,
no hacer daño», es mejor que prescindan de sus
servicios y no pretender limitar su actividad profesional
y que engañe conscientemente al enfermo.
No podemos negar que la solicitud de los parientes en este
sentido, aunque inadecuada, está llena la mayoría
de las veces de nobles intenciones: evitarle al enfermo temores
por lo que se le anuncia sobre la enfermedad que padece o
los sufrimientos que le acarreará. Pero hay evidencias
que demuestran que el paciente capta los sutiles cambios que
ocurren en su ambiente familiar: las nuevas y amables atenciones
que antes no se presentaban, las manifestaciones afectuosas
que ahora se hacen frecuentes, etc., y adivina
la causa. Y ese silencio sobre la verdad acrecienta su angustia
pues se ve privado de poder expresar sus sentimientos, sus
inquietudes, sus necesidades de todo orden, porque teme romper
el sortilegio que lo rodea. Con frecuencia comentan con alguno
que goce de su confianza, ajeno a sus parientes, el incomprensible
silencio del médico, cuando él intuye la gravedad
de su enfermedad; se siente tratado como inmaduro, incapaz
de afrontar los sucesos de su propia vida.
El paciente tiene el derecho, derecho primario, de conocer
su estado clínico patológico y el futuro que
puede éste depararle y nadie es más idóneo
para dárselos a conocer, por su preparación
académica, su sentido humano y la formación
ética que debe distinguirlo, que el médico que
mereció su confianza para pedirle ayuda en la enfermedad
que lo aqueja. Más aún, conocido el pronóstico
y previsto humanamente su futuro, tiene la obligación
moral de ordenar sus asuntos espirituales, materiales, familiares,
etc., que atañen a toda persona. Los parientes no pueden
éticamente arrebatarle este derecho y esta obligación
y, con todo respeto, consideramos que, en general, no sean
los más aptos para cumplir con el requisito de ilustrarlo
sobre su situación.
Entonces, ¿qué papel le queda a la familia,
a los parientes? Su misión es esencial porque el ser
humano requiere de la manifestación sincera de afecto,
de solidaridad, de verdadero amor, en las circunstancias trascendentales,
decisivas, de la vida. Pero no se cumple esta noble labor
ocultándole al enfermo la verdad sobre su estado existencial.
Le queda a la familia, a los parientes, a los amigos, contribuir
con el médico a que el paciente comprenda su presente
y su futuro, que los acepte y los viva con dignidad. Así,
las expresiones no usuales de afecto, de consideraciones inclusive
puramente materiales, no le crearán suspicacia sino
gratitud.
Y, ¿de qué manera puede llevarse a cabo esta
noble y delicada tarea? Los principios y consejos que dicta
la prudencia para el médico son aplicables a la familia,
a todo el que acompañe al enfermo: «Discreta
psicoterapia con la palabra oportuna y con el silencio»,
enseña Laín Entralgo. «Favorecer, no hacer
daño» se afirma ya en el Corpus hippocraticum,
y el citado Laín Entralgo expresa al respecto: «[...]
el médico debe decir al paciente toda la verdad que
convenga a su bien natural (el logro de su salud) y a su bien
personal (el destino último de su existencia, tal como
sus creencias lo entiendan); por tanto, toda la verdad que
sea capaz de soportar. Pues bien: según la experiencia,
el moribundo es el enfermo más capaz de soportar toda
la verdad; incluso la pide en ocasiones, si se sabe leer en
su mirada y en sus silencios». La familia y el médico
cumplen a cabalidad su misión humana con el paciente
demostrándole con palabras y especialmente con hechos,
que lo aman y lo respetan de verdad.
Nota: Esta sección es un aporte
del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-
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