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Reflexión del mes
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ciencia no puede ser el refugio que nos salve de la incertidumbre.
Tres principios que nos evitan ilusiones excesivas y dibujan
un territorio más aproximado a la conflictividad, son.
la no armonía, la imperfección y la emotividad. |
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En
relación al principio de no armonía entre verdad
y bien, un concepto no lleva al otro. Respeto de la imperfección,
rompe con la premisa de que el hombre es bueno por naturaleza
y que son las relaciones sociales las que lo pervierten. El
hombre puede educarse tanto en la agresividad como en la cooperación,
el cerebro no es ético sino que lo es el comportamiento
humano. Y la emotividad, constata el peso del deseo humano,
pero a la vez puede conducir al individuo a actos catastróficos
para su propio interés. La ciencia y la humanidad tendrían
que tener un territorio común: el humanismo |
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Josep Ramoneda Molins, filósofo
y periodista. Director del Centro de Cultura Contemporánea
de Barcelona. Fórum Barcelona 2004
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Al oído de una Comisión
Accidental de Salud
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| Carlos
A. Gómez Fajardo MD elpulso@elhospital.org.co |
Ahora reaparece en los medios de comunicación
el tema de la necesidad de la reforma a la complejísima
red normativa derivada de la Ley 100. Hasta la máxima
autoridad del país, impulsor de la materialista idea
inicial, habla de la necesidad de la reforma. (Y se filtra,
de una vez, en el inicio del párrafo la pegajosa palabra:
red). La Ley 100, red, como la de la tela de araña
en la que perece la mosca, bajo la mirada impertérrita,
inexorable, del artrópodo que espera paciente para devorar
a su presa inmóvil.
En efecto, eso ocurrió: la Ley 100 se convirtió,
con sus aplicaciones, en una red de eliminación de un
sujeto: la persona débil y enferma. La mosca, en este
caso, mosca-persona, es la víctima débil e inmovilizada,
que es tratada por el Estado y por el comerciante intermediario
como un objeto cuyos intereses atañen sólo a un
imperativo y a una lógica implacable: la salud es un
negocio, una mera actividad mercantil, como cualquier otra,
regulada por los criterios fríos e impersonales de la
oferta y la demanda. Eres sano, joven, y generas buenos ingresos
económicos para el sistema: eres bienvenido como cotizante.
Y si, por el contrario, eres pobre, eres enfermo y débil:
pues ve en busca de tu carnet del Sisbén para que comiences
a hacer diligencias, hasta que llegue el momento en que un pulcro
sistema de auditoría te envíe al depósito
de las enfermedades catastróficas, y, después
de tutelas, trámites, reclamos y fatigas, simplemente
continúes siendo lo que has sido: un pobre, relegado
a segundos o terceros planos.
Tal fue la inspiración filosófica inicial de la
ley. El entendimiento del ser humano como una pieza productiva
de un sistema ideal, la herencia de los supuestos ideológicos
de Adam Smith: el afán del lucro económico es
el factor motivacional esencial del ser humano; el Estado es
simplemente el observador ajeno de una mano invisible,
la del mercado, que regula la espontaneidad del libre comercio.
De allí, naturalmente, se derivaron posteriores equívocos.
Se entendió erróneamente la cuestión de
las coberturas y de la solidaridad como
unos entes (universales, flatus vocis)
que milagrosamente operarían sobre una población
cuyas condiciones estructurales básicas continuarían
en las mismas condiciones de pobreza global previas: subdesarrollo,
infraestructura sanitaria deficiente, educación en términos
de lamentable mediocridad, diseminación del deterioro
intelectual, conductas colectivas de mero consumo de licor,
de modas, de deportes de masas que sólo necesitan
fanáticos; precariedad en las condiciones
de empleo, incapacidad de ahorro. Muchedumbres que se desplazan
a pie y que quieren continuar imaginando que un segundo puesto
de un conductor de vehículos en circunstancias deportivas
es algo importante para ellos mismos, y para el país,
como en un fatal reality.
Un comentario para quien quiera escuchar, perteneciente a la
Comisión Séptima del Senado, o a la del accidental
nombre: Que se hable allí de salud, no de economía.
Que se dirija el esfuerzo hacia el hombre colombiano concreto,
no a los perfiles de usuarios a quienes los mercado-tecnólogos
de la medicina miran con avidez, ofreciéndoles paquetes
de salud, cuando en realidad lo que les están vendiendo,
por interpuesta persona (un banquero, el intemediario financiero
de la EPS), es sólo aplicación tecnológica,
de mayor o menor rentabilidad.
Que recuerde el legislador que si bien los aspectos cuantitativos
importan, más lo son aquellos fundamentos filosóficos
y antropológicos sobre los cuales se pueden entender
los conceptos que inspiran la ley: solidaridad,
subsidiariedad, responsabilidad del Estado.
Ciertamente, son términos de envergadura a los cuales
se les ha prestado una atención leve, equívoca,
cuando no superficial y emotiva. A fin de cuentas, han sido
ejecutivos light quienes los pusieron en marcha.
Deben recordar que el tema de la salud hasta ahora ha sido tratado
de manera emocional por inversionistas, por abogados, por expertos
en mercadotecnia, por especialistas en la defensa de determinados
intereses comerciales, académicos, políticos o
institucionales. O, lo que es fatal, por funcionarios fugaces
y emprendedores, dispuestos a todo mientras gozan de sus breves
períodos de poder ejecutivo.
Que se escuchen algunas voces de médicos. Que se tenga
presente que la salud se da en el individuo concreto, el paciente
(quien padece, quien sufre), el enfermo, en quien es evidente
su limitación. Que dejen de hablar de cifras y consideren
la posibilidad de que no solamente lo que se puede medir tiene
realidad. En los últimos años sólo se han
referido a uno de los aspectos -no negamos la realidad de su
existencia y las consecuencias políticas de allí
derivadas- el aspecto económico y de intereses monetarios.
No se ha hecho referencia, de modo cabal y valiente a lo que
es, a lo que constituye auténticamente la salud: un hábito
psico-orgánico al servicio y la promoción de la
persona, para el desarrollo de su proyecto existencial.
No tiene sentido ninguna acción del Estado si se pierde
de vista el horizonte concreto de cada una de las personas que
lo conforman, especialmente, de aquellos quienes, siendo la
mayoría numérica en un país estructuralmente
atrasado y carente de medios materiales, han sido tratados como
meros entes productivos. No lo son. No son auto-sostenibles.
Precisamente, requieren del apoyo y compromiso de los otros,
de los fuertes, de los privilegiados. Comenzando por los que
legislan. A lo mejor, ahora hay alguien con oídos en
la Comisión Séptima. O al menos, con oídos
que no se especialicen en cifras bancarias. De aquellos, ha
habido en exceso en los últimos diez años. Muy
poco se ha hablado de medicina o de salud. |
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Bioética
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Sí, volvamos a ser
médicos
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Ramón
Córdoba Palacio MD - elpulso@elhospital.org.co
No obstante las aparentemente optimistas,
tranquilizadoras y casi siempre vanas pero presuntuosas afirmaciones
de los responsables de la salud del pueblo colombiano, la
crisis en el área se acrecienta, se hace apabullante:
cierre de más hospitales, mora en el pago justo y oportuno
de los salarios de quienes laboran en ellos, inadecuada atención
al paciente por restricción del tiempo, de costos,
etc. Es, pues, un deber ineludible que quienes somos médicos
por verdadera vocación, a quienes nos interesa primordialmente
el ser humano que requiere nuestros servicios y no el porcentaje
de cubrimiento y el costo-beneficio medido económicamente,
libremos con altura pero con decisión una lucha que
si no logra romper la esclavitud legal que impide al médico
buscar por todos los medios honestos el bien del paciente,
sin los obstáculos mercantilistas de quienes tienen
como negocio la existencia digna y la salud de éste,
al menos deje en claro quiénes son los inmediatos responsables
y quiénes se benefician con pingües ganancias
en tan nefando negocio.
Y es un negocio nefando porque se coarta la honesta libertad
del profesional médico, limitando el tiempo que debe
dedicar al examen adecuado del paciente en orden a conocer
lo mejor posible su estado de salud, porque se impide que
haga un uso racional y correcto de exámenes paraclínicos
que contribuyan a refrendar el diagnóstico y porque
limitan, por costo, la terapéutica que puede prescribir.
Se engaña, así, al paciente, especialmente al
que carece de recursos económicos para costearse planes
de atención prepagada, que también llenan abundantemente
las arcas de los comercios dedicados al ramo. Sin embargo,
se proclama libertad e igualdad de atención para todo
ciudadano colombiano, libertad de trabajo honesto para todo
colombiano. Y no pedimos que no haya leyes que regulen la
acción médica, siempre las ha habido y en todas
las culturas, sino que éstas no atropellen la libertad
y la seguridad del paciente -de los menos favorecidos por
la fortuna- ni restrinjan la conciencia honesta y el servicio
adecuado del médico.
Y no es con paros médicos, que siempre son injustos
ya que son los enfermos quienes pagan los platos que no rompieron,
sino con el cumplimiento del voto que por mandato de la Ley
23 proclaman los jóvenes médicos el día
de su graduación: «Velar solícitamente
y ante todo, por la salud de mi paciente», y que la
primitiva versión del Juramento llamado hipocrático
(Hórkos), lo enseña en dos de sus apartes y
en forma más elegante: «Haré uso del régimen
dietético para ayuda del enfermo, según mi capacidad
y recto entender: del daño y la injusticia le preservaré.
[...] En pureza y santidad mantendré mi vida y mi arte».
Ese productivo pero ominoso negocio -ominoso porque comercia
con la existencia y la salud de personas humanas- amplía
sus horizontes y, empresas prestadoras de salud legalmente
constituidas como comercio, crean ahora facultades de medicina
en las cuales, sin duda, ilustrarán doctores, que no
médicos, para lucrarse a sí mismas con mano
de obra barata; doctores para el sistema, que obedezcan sumisos
las indicaciones emanadas de sus directivas; doctores que
si por cualquier motivo son despedidos de dicha empresa o
si el sistema cambia -Dios quiera que sea pronto- tendrán
que ofrecer su servilismo al mejor postor, como lo hacían
anteriormente los eunucos cuando perdían a su amo,
en una especie de pública subasta. Y decimos doctores
y no médicos, porque ser médico implica un concepto
de vida y de respeto a la dignidad incondicional del paciente
y de uno mismo, que exige esencialmente obrar con plena libertad
y honestidad sin obedecer normas que atropellen al paciente,
o al médico, o a ambos. Pero, volvamos a nuestra campaña
en defensa de los pacientes, sin paros médicos. ¿Cómo
adelantarla? Informando con honestidad, con sinceridad, de
buenas maneras, lo que desde el punto de nuestra formación
ética y académica consideramos que debe hacerse
en relación con el diagnóstico y el tratamiento,
sin tapujos pero sin exageraciones, y que sea el paciente
mismo quien compruebe lo que los administradores correspondientes
determinan arbitrariamente sobre su salud, sin haber cumplido,
cuando son médicos, con el más elemental deber
para decidir sobre un paciente: examinarlo para formarse un
concepto adecuado de su estado de salud; y, si no lo son,
determinando sobre lo que no conocen, poniendo en riesgo la
salud, la integridad y, a veces, la vida del enfermo.
Obviamente que vendrán sanciones: no renovación
del contrato de trabajo, despidos, etc., pero si todos estamos
firmes en el cumplimiento de nuestros deberes, convencidos
de que defendemos la dignidad de quien nos confía su
existencia, la de la profesión y la nuestra propia,
el reemplazante continuará la obra emprendida y los
mismos pacientes reclamarán al fin sus derechos. Recordemos
que «es mejor morir de pies que vivir arrodillados».
NOTA: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano
de Bioética -Cecolbe-.
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