MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 6    NO 71  AGOSTO DEL AÑO 2004    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co

Reflexión del mes

“La ciencia no puede ser el refugio que nos salve de la incertidumbre. Tres principios que nos evitan ilusiones excesivas y dibujan un territorio más aproximado a la conflictividad, son. la no armonía, la imperfección y la emotividad.
En relación al principio de no armonía entre verdad y bien, un concepto no lleva al otro. Respeto de la imperfección, rompe con la premisa de que el hombre es bueno por naturaleza y que son las relaciones sociales las que lo pervierten. El hombre puede educarse tanto en la agresividad como en la cooperación, el cerebro no es ético sino que lo es el comportamiento humano. Y la emotividad, constata el peso del deseo humano, pero a la vez puede conducir al individuo a actos catastróficos para su propio interés. La ciencia y la humanidad tendrían que tener un territorio común: el humanismo”

Josep Ramoneda Molins, filósofo y periodista. Director del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Fórum Barcelona 2004

 
Al oído de una Comisión
Accidental de Salud
Carlos A. Gómez Fajardo MD elpulso@elhospital.org.co
Ahora reaparece en los medios de comunicación el tema de la necesidad de la reforma a la complejísima red normativa derivada de la Ley 100. Hasta la máxima autoridad del país, impulsor de la materialista idea inicial, habla de la necesidad de la reforma. (Y se filtra, de una vez, en el inicio del párrafo la pegajosa palabra: “red”). La Ley 100, red, como la de la tela de araña en la que perece la mosca, bajo la mirada impertérrita, inexorable, del artrópodo que espera paciente para devorar a su presa inmóvil.
En efecto, eso ocurrió: la Ley 100 se convirtió, con sus aplicaciones, en una red de eliminación de un sujeto: la persona débil y enferma. La mosca, en este caso, mosca-persona, es la víctima débil e inmovilizada, que es tratada por el Estado y por el comerciante intermediario como un objeto cuyos intereses atañen sólo a un imperativo y a una lógica implacable: la salud es un negocio, una mera actividad mercantil, como cualquier otra, regulada por los criterios fríos e impersonales de la oferta y la demanda. Eres sano, joven, y generas buenos ingresos económicos para el sistema: eres bienvenido como “cotizante”. Y si, por el contrario, eres pobre, eres enfermo y débil: pues ve en busca de tu carnet del Sisbén para que comiences a hacer diligencias, hasta que llegue el momento en que un pulcro sistema de auditoría te envíe al depósito de las enfermedades catastróficas, y, después de tutelas, trámites, reclamos y fatigas, simplemente continúes siendo lo que has sido: un pobre, relegado a segundos o terceros planos.
Tal fue la inspiración filosófica inicial de la ley. El entendimiento del ser humano como una pieza productiva de un sistema ideal, la herencia de los supuestos ideológicos de Adam Smith: el afán del lucro económico es el factor motivacional esencial del ser humano; el Estado es simplemente el observador ajeno de una “mano invisible”, la del mercado, que regula la espontaneidad del libre comercio. De allí, naturalmente, se derivaron posteriores equívocos. Se entendió erróneamente la cuestión de las “coberturas” y de la “solidaridad” como unos entes (“universales”, “flatus vocis”) que milagrosamente operarían sobre una población cuyas condiciones estructurales básicas continuarían en las mismas condiciones de pobreza global previas: subdesarrollo, infraestructura sanitaria deficiente, educación en términos de lamentable mediocridad, diseminación del deterioro intelectual, conductas colectivas de mero consumo de licor, de modas, de deportes de “masas” que sólo necesitan “fanáticos”; precariedad en las condiciones de empleo, incapacidad de ahorro. Muchedumbres que se desplazan a pie y que quieren continuar imaginando que un segundo puesto de un conductor de vehículos en circunstancias “deportivas” es algo importante para ellos mismos, y para el país, como en un fatal “reality”.
Un comentario para quien quiera escuchar, perteneciente a la Comisión Séptima del Senado, o a la del “accidental” nombre: Que se hable allí de salud, no de economía. Que se dirija el esfuerzo hacia el hombre colombiano concreto, no a los “perfiles de usuarios” a quienes los mercado-tecnólogos de la medicina miran con avidez, ofreciéndoles “paquetes de salud”, cuando en realidad lo que les están vendiendo, por interpuesta persona (un banquero, el intemediario financiero de la EPS), es sólo aplicación tecnológica, de mayor o menor rentabilidad.
Que recuerde el legislador que si bien los aspectos cuantitativos importan, más lo son aquellos fundamentos filosóficos y antropológicos sobre los cuales se pueden entender los conceptos que inspiran la ley: “solidaridad”, “subsidiariedad”, “responsabilidad del Estado”. Ciertamente, son términos de envergadura a los cuales se les ha prestado una atención leve, equívoca, cuando no superficial y emotiva. A fin de cuentas, han sido ejecutivos “light” quienes los pusieron en marcha.
Deben recordar que el tema de la salud hasta ahora ha sido tratado de manera emocional por inversionistas, por abogados, por expertos en mercadotecnia, por especialistas en la defensa de determinados intereses comerciales, académicos, políticos o institucionales. O, lo que es fatal, por funcionarios fugaces y emprendedores, dispuestos a todo mientras gozan de sus breves períodos de poder ejecutivo.
Que se escuchen algunas voces de médicos. Que se tenga presente que la salud se da en el individuo concreto, el paciente (quien padece, quien sufre), el enfermo, en quien es evidente su limitación. Que dejen de hablar de cifras y consideren la posibilidad de que no solamente lo que se puede medir tiene realidad. En los últimos años sólo se han referido a uno de los aspectos -no negamos la realidad de su existencia y las consecuencias políticas de allí derivadas- el aspecto económico y de intereses monetarios. No se ha hecho referencia, de modo cabal y valiente a lo que es, a lo que constituye auténticamente la salud: un hábito psico-orgánico al servicio y la promoción de la persona, para el desarrollo de su proyecto existencial.
No tiene sentido ninguna acción del Estado si se pierde de vista el horizonte concreto de cada una de las personas que lo conforman, especialmente, de aquellos quienes, siendo la mayoría numérica en un país estructuralmente atrasado y carente de medios materiales, han sido tratados como meros entes productivos. No lo son. No son “auto-sostenibles”. Precisamente, requieren del apoyo y compromiso de los otros, de los fuertes, de los privilegiados. Comenzando por los que legislan. A lo mejor, ahora hay alguien con oídos en la Comisión Séptima. O al menos, con oídos que no se especialicen en cifras bancarias. De aquellos, ha habido en exceso en los últimos diez años. Muy poco se ha hablado de medicina o de salud.
 
Bioética
Sí, volvamos a ser médicos

Ramón Córdoba Palacio MD - elpulso@elhospital.org.co
No obstante las aparentemente optimistas, tranquilizadoras y casi siempre vanas pero presuntuosas afirmaciones de los responsables de la salud del pueblo colombiano, la crisis en el área se acrecienta, se hace apabullante: cierre de más hospitales, mora en el pago justo y oportuno de los salarios de quienes laboran en ellos, inadecuada atención al paciente por restricción del tiempo, de costos, etc. Es, pues, un deber ineludible que quienes somos médicos por verdadera vocación, a quienes nos interesa primordialmente el ser humano que requiere nuestros servicios y no el porcentaje de cubrimiento y el costo-beneficio medido económicamente, libremos con altura pero con decisión una lucha que si no logra romper la esclavitud legal que impide al médico buscar por todos los medios honestos el bien del paciente, sin los obstáculos mercantilistas de quienes tienen como negocio la existencia digna y la salud de éste, al menos deje en claro quiénes son los inmediatos responsables y quiénes se benefician con pingües ganancias en tan nefando negocio.
Y es un negocio nefando porque se coarta la honesta libertad del profesional médico, limitando el tiempo que debe dedicar al examen adecuado del paciente en orden a conocer lo mejor posible su estado de salud, porque se impide que haga un uso racional y correcto de exámenes paraclínicos que contribuyan a refrendar el diagnóstico y porque limitan, por costo, la terapéutica que puede prescribir. Se engaña, así, al paciente, especialmente al que carece de recursos económicos para costearse planes de atención prepagada, que también llenan abundantemente las arcas de los comercios dedicados al ramo. Sin embargo, se proclama libertad e igualdad de atención para todo ciudadano colombiano, libertad de trabajo honesto para todo colombiano. Y no pedimos que no haya leyes que regulen la acción médica, siempre las ha habido y en todas las culturas, sino que éstas no atropellen la libertad y la seguridad del paciente -de los menos favorecidos por la fortuna- ni restrinjan la conciencia honesta y el servicio adecuado del médico.
Y no es con paros médicos, que siempre son injustos ya que son los enfermos quienes pagan los platos que no rompieron, sino con el cumplimiento del voto que por mandato de la Ley 23 proclaman los jóvenes médicos el día de su graduación: «Velar solícitamente y ante todo, por la salud de mi paciente», y que la primitiva versión del Juramento llamado hipocrático (Hórkos), lo enseña en dos de sus apartes y en forma más elegante: «Haré uso del régimen dietético para ayuda del enfermo, según mi capacidad y recto entender: del daño y la injusticia le preservaré. [...] En pureza y santidad mantendré mi vida y mi arte».
Ese productivo pero ominoso negocio -ominoso porque comercia con la existencia y la salud de personas humanas- amplía sus horizontes y, empresas prestadoras de salud legalmente constituidas como comercio, crean ahora facultades de medicina en las cuales, sin duda, ilustrarán doctores, que no médicos, para lucrarse a sí mismas con mano de obra barata; doctores para el sistema, que obedezcan sumisos las indicaciones emanadas de sus directivas; doctores que si por cualquier motivo son despedidos de dicha empresa o si el sistema cambia -Dios quiera que sea pronto- tendrán que ofrecer su servilismo al mejor postor, como lo hacían anteriormente los eunucos cuando perdían a su amo, en una especie de pública subasta. Y decimos doctores y no médicos, porque ser médico implica un concepto de vida y de respeto a la dignidad incondicional del paciente y de uno mismo, que exige esencialmente obrar con plena libertad y honestidad sin obedecer normas que atropellen al paciente, o al médico, o a ambos. Pero, volvamos a nuestra campaña en defensa de los pacientes, sin paros médicos. ¿Cómo adelantarla? Informando con honestidad, con sinceridad, de buenas maneras, lo que desde el punto de nuestra formación ética y académica consideramos que debe hacerse en relación con el diagnóstico y el tratamiento, sin tapujos pero sin exageraciones, y que sea el paciente mismo quien compruebe lo que los administradores correspondientes determinan arbitrariamente sobre su salud, sin haber cumplido, cuando son médicos, con el más elemental deber para decidir sobre un paciente: examinarlo para formarse un concepto adecuado de su estado de salud; y, si no lo son, determinando sobre lo que no conocen, poniendo en riesgo la salud, la integridad y, a veces, la vida del enfermo.
Obviamente que vendrán sanciones: no renovación del contrato de trabajo, despidos, etc., pero si todos estamos firmes en el cumplimiento de nuestros deberes, convencidos de que defendemos la dignidad de quien nos confía su existencia, la de la profesión y la nuestra propia, el reemplazante continuará la obra emprendida y los mismos pacientes reclamarán al fin sus derechos. Recordemos que «es mejor morir de pies que vivir arrodillados».
NOTA: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-.

 











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