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El análisis juicioso de los fenómenos sociales
puede arrojar resultados y posiciones divergentes según
la óptica del analista, la cual a veces, puede estar
mediada por intereses particulares que sesgan los resultados
o en algunos casos, las acciones de los tomadores de decisiones.
En Colombia, hemos adquirido la costumbre de hablar de la
crisis de la salud como un fenómeno que básicamente
se estudia, y le interesa, al mismo sector con sus diferentes
actores, y que incluso a nivel gubernamental escasas veces
supera la esfera de acción de la cartera ministerial
del ramo. Los medios registran paseos de la muerte, estadísticas
de vacunación o de incidencia de epidemias estacionales,
los foros se centran en estudios de sostenibilidad y otras
menudas financieras, la calidad se habilita con estándares
técnicos sobre equipamientos y condiciones locativas,
las rendiciones de cuentas giran en torno a cifras, y en
líneas generales digamos que eso está bien
para la conducción administrativa de un sistema de
salud, pero
¿y la gente qué?
El elemento más grave de la actual crisis que viven
los prestadores de servicios de salud radica en que esta
es solo la punta del iceberg de una enorme CRISIS
SOCIAL que el país no ha reconocido y frente
a la que nuestros mandatarios no se mostrarán interesados
en resolver porque equivaldría a reconocer el fracaso
de un modelo y hasta de una concepción de sociedad,
por lo menos en su estructuración económica.
El concepto de crisis se define como la intensificación
de los síntomas de una enfermedad, proceso que puede
darse en periodos cortos de tiempo, o como sumatoria de
largos lapsos de padecimiento. En ambos casos el problema
es traumático, doloroso, y de no solucionarse, mortal.
Que el sistema de salud colombiano se encuentra en crisis
es una realidad con demasiados síntomas como para
continuar negándolo. La liquidación de las
dos EPS con mayor cantidad de afiliados, y que se suman
a un largo listado de administradoras de planes de beneficio
que pasaron a la historia, habla muy mal de la sostenibilidad
y del manejo dado a esa figura organizativa del modelo.
Que las IPS públicas, privadas, mixtas, todas en
conjunto, tengan problemas financieros por una falta absoluta
y sistemática del pago por los servicios prestados,
tampoco habla bien de un sistema donde la relación
entre actores debería ser transparente y colaborativa,
que los proveedores estén al borde de quiebras (al
igual que los hospitales) por años de apalancar el
funcionamiento del modelo escapa incluso de las lógicas
del capitalismo, que sea común ver profesionales
de la salud sin sueldos y marchando exigiendo el pago digno
y oportuno por su labor, es triste y vergonzoso para un
país que se dice respetar los derechos de los trabajadores,
pero además, ver miles y millones de colombianos
que hacen filas de horas tras una autorización, un
medicamento, mendigando una cita con un especialista, poniendo
tutelas para hacer respetar su derecho a la salud y la vida,
madres que pierden días y meses suplicando por atención
para sus hijos, ancianos que pasan la noche frente a un
servicio médico a la espera de un paliativo o una
palabra de esperanza para calmar su dolor, son cosas, que
no solo ponen en duda la eficacia del sistema, sino que
desdicen de toda una sociedad y de los gobernantes que se
limitan a expedir decretos que regulan aspectos administrativos,
cual paños de agua tibia, sin sensibilizarse ante
el dolor. Eso lo que produce es dolor de patria y vergüenza.
Es evidente que el momento preciso para declarar una crisis
social no depende de factores políticos de los mandatarios,
(a menos que sea por una catástrofe natural), es
difícil para quien ostenta el poder admitir que su
población se encuentra en estado de crisis puesto
que equivaldría casi a reconocer el fracaso de la
gestión gubernamental, pero en el caso de la salud
en Colombia la situación debería ser diferente
ya que el actual estado de cosas es el resultado de más
de dos décadas de equívocos, y tomar las decisiones
que giren el panorama 180 grados no debe verse o asumirse
como una derrota, y más bien entenderse como un acto
de honestidad e inteligencia.
El problema de fondo es otro, nuestro sistema de salud tiene
en su ADN, por lo menos desde 1993, al mercado como gen
dominante y si bien puede discutirse si esta condición
no subyace a toda actividad humana en la actualidad, el
grave error fue centrar en la rentabilidad el estímulo
dominante, dejando el funcionamiento del sistema de salud
a los arbitrios del simple comercio sin considerar que al
tratarse personas, el enfoque debía de estar en la
responsabilidad social, y eso es lo que los gobiernos presentes
y futuros no se atreven a tocar.
De esa condición gélida del mercado, surge
la indiferencia que autoridades y actores financieros del
sistema mantienen frente al relamo de pacientes, en este
caso doblemente pacientes, que gastan las pocas energías
que deja la enfermedad ante un sistema que genera una bola
de nieve que se extiende a familiares que se ven obligados
a dejar sus trabajos para convertirse en cuidadores
ad honorem.
La crisis de la salud es una crisis social porque la padecen
los ciudadanos de a pie que van quedándose sin fuerzas
ni esperanzas, es social porque un pueblo enfermo no puede
soñar con mejores futuros, es social porque la paz
sin garantizar el derecho a la salud es solo demagogia,
es social porque las nuevas generaciones nacen enfermas,
malnutridas y sin cultura sanitaria, afectando así
cualquier desarrollo mental y educativo, es de toda la sociedad
porque pueblos enfermos no pueden ser productivos colectivamente,
se aumenta el ausentismo laboral y se deteriora la calidad
de cualquier trabajo, es social porque muestra una sociedad
que perdió el rumbo colectivo para abrazar el individualismo
rampante, y es social porque quienes la padecen no son frías
estadísticas, son colombianos abandonados al azar.
Y ver este panorama produce lágrimas, aunque no a
quienes indolentes deciden el rumbo del sistema.
Necesitamos quijotes que monten sus armaduras para emprender
un nuevo batallar, que emprendan su lid.
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