MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 12    No. 163  ABRIL DEL AÑO 2012    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co

Reflexión del mes
“Vivimos en un mundo terrible.
Una mitad del planeta muere de hambre
y la otra de colesterol”.
Jesús Quintero (1947).
Jesús Rodríguez Quintero es periodista, director y presentador de programas de radio y televisión español, conocido en los medios como Jesús Quintero..
 
Necesaria armonización
del consentimiento informado
y la libertad de terapia
Darío Arcila Arenas, Abogado Profesor Titular (J) Universidad de Antioquia Miembro del Comité de Ética Hospital Universitario de San Vicente Fundación - elpulso@elhospital.org.co
En los últimos años y bajo la influencia de la individualista bioética norteamericana, en la práctica médica del llamado “mundo occidental” y en nuestro país dentro del sistema institucional de salud inscrito en la economía de mercado, la relación clínica y el acto médico vienen siendo objeto de interferencias, la autonomía del paciente sobrevalorada y, correlativamente, subvalorada la autonomía del médico.
Esta preocupante tendencia se expresa en equivocadas políticas de empresas del sistema, en indebidos comportamientos de pacientes y familiares, y en abusivas decisiones de jueces de tutela, con las cuales se limita y hasta se desconoce el derecho del médico a la “libertad de terapia”, invocando la eficiencia y el respeto por el derecho del paciente al “consentimiento informado” o argumentando su protección. En este artículo, con sumo respeto por opiniones divergentes, me propongo cuestionar dicha tendencia y esbozar una propuesta de solución al conflicto entre esos esenciales derechos.
Algunas expresiones de dicha tendencia y su cuestionamiento
En nuestro sistema de salud, no es raro que los intereses económicos de aseguradoras y prestadoras de servicios se expresen en políticas y comportamientos de sus empleados, que con un criterio economicista privilegian la cobertura y el lucro -no la calidad en la prestación de servicios- y limitan la libertad de terapia. Por ello no resulta extraño que haya divergencia entre la que sería para el médico la mejor indicación de medicamentos o procedimientos diagnósticos o terapéuticos, y lo que le permiten las restricciones impuestas por esas empresas. Esta situación es bien conocida y sufrida por los médicos.
A la par de esas restricciones, cada día es más frecuente que pacientes y familiares, especialmente de nivel socio-económico medio y alto, tengan indebidos comportamientos, como presentarse a consulta con el diagnóstico de su enfermedad y con lista de exámenes clínicos y/o de medicamentos para su tratamiento, pidiendo al médico que los ordene; o, exigir, amenazando con demandas judiciales, la iniciación o el mantenimiento de procedimientos inútiles, o la sustitución de idóneos procedimientos convencionales indicados por otros de avanzada tecnología y más costosos pero de idénticos posibles resultados, o la práctica de procedimientos meramente estéticos, y conductas semejantes.
Y no faltan jueces que, accediendo a acciones de tutela, ordenan la práctica de procedimientos como los referidos, no indicados pero exigidos por los pacientes, otorgando a la autonomía y al consentimiento informado un indebido alcance y sustituyendo abusivamente a los médicos tratantes.
A este respecto, el ex-magistrado de la Corte Constitucional, José Gregorio Hernández, en salvamento de voto a la Sentencia T-401 de 1993, sostuvo que “conceder la tutela para modificar un tratamiento médico normalmente admitido en el campo científico, representa una indebida intromisión del juez en campos que desconoce y… constituye un flagrante desconocimiento de la autonomía profesional…”.
Las mencionadas políticas, comportamientos y decisiones judiciales, atentan contra la dignidad y la libertad de terapia de los médicos, influyen negativamente en la prestación de los servicios y en el ambiente laboral, ponen en peligro la vida y la salud de los pacientes, vulneran el principio fundamental de nuestro Estado de “la prevalencia del interés general sobre el particular”, y olvidan que la equidad y la justicia distributiva deben primar al disponerse de los limitados recursos de nuestro sistema de salud.
Conflicto entre consentimiento informado y libertad de terapia
Dentro de la cuestionada tendencia, este conflicto se resuelve entendiendo el consentimiento informado como la facultad del paciente de decidir el procedimiento o intervención que se le debe practicar y de imponer su realización al médico tratante o a la institución de salud, así sea ineficaz, inútil o injustificadamente mucho más costoso que el indicado, y despojando al médico de su esencial libertad de terapia, dando a aquel derecho un alcance que ni ética ni jurídicamente puede tener.
Esta tendencia encuentra algún respaldo doctrinal en el extranjero. Así, por ejemplo, el jurista español Mirentxu Corcoy Bidasolo, considera que “una nueva relación entre el facultativo y el paciente, que pasa de una situación de jerarquía del primero a una situación de igualdad entre ambos…, ha supuesto que, prácticamente, la libertad de terapia pase de ser un derecho del facultativo a un derecho del paciente… El derecho del paciente a la elección de terapia tiene como consecuencia lógica el derecho a negarse al tratamiento cuando, por algún motivo racional, los facultativos se nieguen a aplicar la terapia elegida…” (1).
“El derecho a la auto-determinación…
no conduce a satisfacer los caprichos
de los pacientes, imponiendo sus criterios
por encima de los criterios especializados…”.
José Gregorio Hernández, ex magistrado.
Pero si la libertad de terapia es necesaria para que el médico pueda aplicar sus conocimientos, su técnica y su experiencia, y mediante el procedimiento indicado procure alcanzar alguno de los objetivos de la medicina en beneficio del paciente, dicha solución al referido conflicto, que maximiza la autonomía del paciente y minimiza la del médico, resulta absurda, porque atribuye al paciente una facultad que no está capacitado para ejercer y priva al médico de su ejercicio que es de la esencia de su profesión y garantía de la seguridad del paciente.
Esto implica un gravísimo peligro para la salud y la vida del paciente, y desdibuja la responsabilidad moral y legal del médico por las consecuencias negativas de la realización del procedimiento que le fuere impuesto por el paciente, su familia o un juez de tutela, pues aquélla no existe sin libertad. Además, ningún sistema de salud tendría la capacidad de garantizar a sus afiliados y beneficiarios, la libertad positiva de elegir los procedimientos diagnósticos y terapéuticos, sin comprometer gravemente su sostenibilidad y viabilidad.
Hacia la armonización del consentimiento informado y la libertad de terapia
El médico James F. Drane en el libro “El cuidado del enfermo terminal”, editado por la OPS en 1999, sostiene que el consentimiento informado “no significa que los pacientes puedan escoger lo que quieran, ya que lo que deseen podría no ser indicado o no estar contemplado en el programa de la institución. Los médicos tienen su propio criterio de lo que constituye una ayuda real y no pueden respetar éticamente la preferencia del paciente por una intervención que consideran inútil y dañina”.
Y en el antes citado salvamento de voto, se afirma que “el derecho a la auto-determinación… no conduce a satisfacer los caprichos de los pacientes, imponiendo sus criterios por encima de los criterios especializados…”.
De acuerdo con lo expuesto, considero que la solución al referido conflicto debe ser respetar al profesional o equipo médico tratante, la libertad positiva de indicar o prescribir el procedimiento que considera mejor para el paciente, de acuerdo con las posibilidades técnicas y económicas de nuestro sistema de salud y el principio de justicia; y al paciente, adecuadamente informado, la libertad negativa de rechazar o no autorizar el procedimiento indicado, si lo considera contrario a sus intereses, prioridades, principios o valores, sin perjuicio de la libertad positiva de autorizarlo si está de acuerdo con su realización.
En esta solución, que procuraré desarrollar en otra oportunidad, se armonizan esos dos esenciales derechos sin vulnerar ninguno, dándoles una interpretación racional y equitativa.
1. (Bioética, derecho y sociedad, Ed. Trotta, Madrid, España, 1998, págs. l09, 110 y116).
  Bioética
Quimera del mercado libre
en la salud en Colombia
Carlos A. Gómez Fajardo, MD - elpulso@elhospital.org.co
Hay sólidos críticos de las teorías económicas que dan primacía absoluta a la libertad del mercado, las conocidas teorías del “Estado mínimo, máximo mercado”. A aquella ideología economicista, seriamente cuestionada por autores como Stiglitz, perteneció la generación de funcionarios que impuso en Colombia la comprensión jurídica de la salud como un negocio lucrativo. Con la normatividad de 1993 se generó un marco legal que terminó por convertir al paciente en cliente y al profesional de la salud en un proveedor de servicios y tecnología, dentro de una dinámica de frío e impersonal mercado.
Es este el error antropológico y político que permitió los extremos de inequidad y de injusticia que hoy se viven: hospitales asfixiados financieramente, intermediarios que ejercen un rígido control del gasto sanitario, médicos cancerberos (“gatekeeper”) que tratan de sobrevivir en un despiadado mercado de compra-venta de tecnologías, disolviéndose el principio de la confianza y de la relación médico-paciente que milenariamente se encuentra en la esencia del acto terapéutico.
En un artículo de la Academia Nacional de Medicina de Colombia (Medicina vol. 23 No. 3 (57) pp. 169-178), se enunciaban algunos hechos que hoy -y por años- son motivo de debate y acalorada discusión: existe una asimetría en la asignación jurídica de poderes y responsabilidades; altos costos administrativos encarecen el proceso de la atención sanitaria. Por décadas se habla de costos, facturación, ingresos, auditorías. Se habla insistentemente de dinero cuando se tocan los temas sensibles de salud en la comunidad.
El resultado -ya se dieron cifras en Colombia- es la consolidación de gigantescos monopolios de poder, los fabulosos rendimientos monetarios de la intermediación, el fenómeno de la selección adversa y los descarados ejemplos de corrupción que se esconden tras todo esto. Años atrás se comentaba que un funcionario de alto rango de una de las HMO (Organización de Mantenimiento de la Salud) de Estados Unidos se embolsilló en sólo un año US$20 millones de dólares, sin contar sus participaciones en acciones y bonos. Algo digno del caso Enron tan crudamente criticado y descrito por Stiglitz. Aún no se plantea el verdadero escenario de criterios teóricos y políticos que debiera marcar las pautas para corregir el rumbo, en un área que evidentemente va mal para nuestra patria.
Se podría proponer, acudiendo a los criterios de la justicia (en sus componentes conmutativo y distributivo), que la responsabilidad social del Estado debe estar al servicio de sus asociados, no al de algunos de ellos, los más poderosos. La razón de ser del Estado y de las leyes tiene que ver con la promoción y cuidado de los ciudadanos. Cuando el Estado se ha convertido en el catalizador que permitió una legislación que favoreció a poderosas minorías y dejó por fuera a millones de personas en condición de fragilidad, se han generado las semillas para la debacle que vivimos.
El asunto es tan serio y de tan largos alcances, que se debe corregir de modo estructural. Es algo tan importante y tan esencial para la Nación, que constituiría un imperdonable error continuar permitiendo lo que hasta ahora sucede: se dejó la capacidad de decisión en manos de tecnólogos en ideologías utilitaristas, egresados de facultades de economía que intoxicados por sus corrientes ideológicas de preferencia o de interés momentáneo, se creyeron idóneos para decidir que la salud es un negocio de carácter lucrativo.
Vale la pena que la opinión pública se tome la molestia de escuchar conceptos y recomendaciones sobre temas sanitarios a médicos, no solamente a tecnócratas aficionados al poder y a la figuración políticos. Ellos trataron de imponer la quimera de un mercado libre, sin frenos: la Nación vive dolorosamente las consecuencias de este error.
NOTA: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-.
 

Maestro, ¿qué es eterno?

El secuestro y la
desaparición en Colombia.
Secuestran los unos, secuestran
y desaparecen los otros.
Las bandas secuestran para
venderlos a los unos y a los otros.
Y para la liberación, no se ponen
de acuerdo ni los unos
ni los otros con los de más allá…

 
 











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