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En una mano, el dolor; en la otra, el arte

Enfermedad y frío / y tristeza cerrada / y días días días (…) - Idea Vilariño

Autor
Por: Yéssica Tuberquia Agudelo
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Fragilidad, recuerdo de la finitud humana, desde el primer llanto. ¿Por qué habrá que llorar?, ¿acaso cuesta tanto respirar, reconocer que hemos llegado a este mundo con el inútil destino de morir? Primera vacuna, segunda vacuna y un bebé llora ante su madre, pidiendo mudamente la explicación sobre su dolor. Y una madre llora ante su hijo porque no ha sido capaz de calmarlo, ¿cómo consolarlo?, ¿cómo alejarlo de todos los males que existen?, ¿cómo ponerle una curita en su corazón que sirva para todas las heridas que vendrán?

La enfermedad, del espíritu y del cuerpo, nos acompaña durante toda nuestra vida, desde una simple gripa que se cura con una aguapanela, miel y limón, la receta de la abuela, hasta la desgraciada sorpresa de un cáncer que apareció como premonición de la muerte. “(…) Y días días días / enfermedad tristeza / cansancio enfermedad” (Vilariño). Un hombre tiene miedo de dormirse con un dolor en el pecho, porque quizá ya no habrá un despertar.

Nietzsche y su migraña; Dostoievski y su epilepsia; Borges y su ceguera; Virginia Woolf y su trastorno bipolar; tantos e innumerables escritores marcados por la compañía de la enfermedad. Algunos, incluso, la desearon porque, como nos dijo un profesor, qué más romántico que morir escupiendo sangre. En la historia de la humanidad hemos vivido de todo, aun así me resulta extraña esa época en que la tuberculosis se volvió una marca para los poetas malditos. Bien malditos sí tenían que ser como para sentir en el deterioro físico la máxima de la belleza y la sensibilidad. ¡Oh, vida que me abandonas! ¡Oh, alma atormentada! ¿Qué quedará de mí, gran tragedia?

Me pregunto si Nietzsche escribió tanto y tan afanadamente, encerrado en una habitación del Sils Maria, con el presentimiento de que en cualquier momento volvería a aparecer el dolor de cabeza que le impediría tomar la pluma. Me pregunto si Dostoievski creó tantos personajes con epilepsia tratando de liberarse a sí mismo de su condición; si Borges había pensado tanto en los colores antes de darse cuenta que “el mundo del ciego no es la noche que la gente supone”; si el flujo de conciencia de Virginia era vaticinio de la locura que la llevaría a hundirse eternamente en el río Ouse, sumergida con el peso de las piedras que ella misma colocaría en su abrigo.

“Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte”, le escribió Julio Cortázar a Alejandra Pizarnik. Una sombra de la tristeza que languidece en cada palabra escrita.

Algunos han dicho que los escritores tienden más a la depresión y a la locura, yo creo que simplemente han sido más honestos consigo mismos y con los demás. Porque, por mucho que puedan imaginar y llevar sus palabras a la ficción, escribir es tener una mano oprimiendo el corazón. Con cada latido, la palabra. ¿Qué importará si alguien más los acusa con el dedo? No hay nada que no se hayan dicho ya, que ellos mismos no hayan develado en su poesía, sus cuentos, sus historias.

No, no es que sean diferentes a los demás, es que quizá se han avergonzado menos de su enfermedad. Si es el asma o si es la sospecha homicida de su propia voluntad, eso es lo que son, eso es lo que sienten y los acompaña en sus interminables días y noches de escritura. “(…) frío fatiga penas / ninguna carta nadie / miserias y limosnas / remedios notas cuentas” (Vilariño). ¿Es la reconciliación con la fragilidad del cuerpo o el resentimiento de estar siempre en desventaja ante la vida? Frida Khalo tuvo poliomielitis y luego, en un accidente, se le perforó la pelvis, se fracturó la columna, la clavícula y una pierna en once lugares distintos; Idea Vilariño tuvo asma severa, eccema crónico y se enfermó de los huesos, la misma mujer reconocida por ser la amante eterna de Onetti, junto con sus poemas de amor, escribía: “(…) madrugadas horribles / noches perdidas penas / y días días días”.

Al igual que la guerra, la muerte y el amor, me atrevo a decir que la enfermedad es uno de los tópicos centrales en la literatura, que se repite y se reescribe una y otra vez, quizá con la diferencia de que ha sido menos nombrada o menos explícita. Pero ahí está, cuando Saramago escribió en Las intermitencias de la muerte que los enfermos no aguantaban más y buscaban cruzar la frontera a un país donde la muerte sí estuviera trabajando; cuando Camus utilizó La peste como alegoría para hablar del mal y del bien; cuando Svetlana escuchó Las voces de Chernóbil y se encontró de frente con el dolor de aquellos que vivieron la tragedia a través de sus cuerpos y de los que llevaban en el vientre. Incluso, en un autor desconocido como Óscar Collazos que, En la laguna más profunda, les explicó a los adolescentes colombianos cómo era acompañar a una abuela que, poco a poco, iba perdiendo su memoria.

Fragilidad, recuerdo de la finitud humana, hasta el último llanto. Ya no habrá receta de la abuela que valga, pero no importa, reconfortará hasta que llegue el último aliento.


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Andrea Ochoa Restrepo

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