MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 322 JULIO DEL AÑO 2025 ISNN 0124-4388
La evolución de la salud pública en Colombia presenta un hallazgo significativo: en las últimas dos décadas, el país ha logrado una reducción sostenida y superior al promedio regional en la mortalidad prematura potencialmente evitable. Así lo evidencia el boletín N.º 37 de la serie Cápsulas del GES, producido por el Grupo de Economía de la Salud (GES) de la Universidad de Antioquia, que estudia la dinámica de esta mortalidad entre 2000 y 2019 en los 20 países más poblados de América Latina y el Caribe.
Este tipo de mortalidad incluye dos componentes: el prevenible, que se puede reducir con acciones de salud pública (como campañas de vacunación, control de factores de riesgo o acceso a agua potable), y el tratable, que depende de una atención médica oportuna, eficaz y resolutiva.
Colombia no solo muestra avances en ambos frentes, sino que lidera la región en reducción de muertes prevenibles (49,7 %) y evitables (45,3 %), y se ubica en el segundo lugar en mortalidad tratable (36,2 %), superado solo por Perú. De acuerdo con los autores, “Colombia muestra el mayor avance en la mortalidad evitable, mucho más destacado que en el resto de los países seleccionados, diferencia que es mayor aún en la mortalidad prevenible”.
El informe parte de una hipótesis central: vivir más y vivir mejor constituye una medida del desarrollo, tal como lo plantea Amartya Sen (2000). En ese sentido, la mortalidad prematura es un indicador clave para evaluar el progreso social y la efectividad del sistema de salud.
En el año 2000, Colombia tenía tasas de mortalidad prematura por encima de la media regional. Dos décadas después, el país no solo logró reducir estas cifras, sino que revirtió su posición, situándose por debajo del promedio latinoamericano en los tres indicadores.
El cambio más drástico ocurrió en la mortalidad prevenible. En 2000, Colombia estaba más cerca de Honduras, uno de los países con peor desempeño, pero para 2019 se acercó a los niveles de Costa Rica, que históricamente ha liderado los resultados en salud pública. En mortalidad tratable, Colombia partía ya con cifras inferiores al promedio regional, y consolidó su desempeño positivo, acercándose a Chile, país referente en calidad asistencial.
Los datos reflejan un conjunto de mejoras acumulativas que han tenido lugar durante años, incluso en medio de reformas truncadas, tensiones institucionales y desigualdades persistentes. Colombia amplió su cobertura de aseguramiento hasta niveles cercanos al 98 %, fortaleció la Atención Primaria en Salud, desarrolló programas de control de enfermedades transmisibles y no transmisibles, y mantuvo estrategias de vigilancia epidemiológica incluso en contextos de alta conflictividad.
Pero los autores advierten: “Este análisis descriptivo no permite establecer relaciones de causalidad entre el tipo de sistema de salud o el efecto de la cobertura universal y los indicadores estudiados”. La evidencia sugiere que múltiples factores —tanto dentro como fuera del sector salud— han incidido en los resultados. La mejora en determinantes sociales como la educación, el saneamiento básico y la seguridad alimentaria también pueden haber tenido un peso considerable.
Por tanto, sostienen que es necesario avanzar en investigaciones más robustas que posibiliten identificar cuánto de la mejoría obedece a las políticas sanitarias y cuánto a otros factores estructurales. “Resulta pertinente plantear análisis más sofisticados que permitan aproximarse a la contribución que pudieran tener en estos resultados los determinantes sociales de la salud, así como el desempeño atribuible al sistema de salud”.
El informe adquiere especial relevancia en un contexto de debate sobre la reforma estructural del sistema de salud colombiano. Si bien se ha cuestionado con razón el modelo de aseguramiento actual por su fragmentación y desigualdad en el acceso, los datos invitan a reconocer los elementos que han funcionado y a evitar retrocesos en capacidades construidas a lo largo de décadas.
Por ejemplo, los avances en mortalidad tratable implican que el país ha logrado mejorar la respuesta clínica y la cobertura de servicios hospitalarios en patologías que requieren intervenciones específicas, desde el control de la hipertensión hasta el manejo oportuno de infartos y cánceres. Esto no significa que el sistema esté libre de falencias —persisten enormes brechas de acceso y calidad—, pero sí evidencia que hay logros que deben protegerse.
Además, la consolidación de estrategias de atención primaria en varios territorios, la presencia de programas de salud pública articulados a nivel local y la incorporación progresiva de tecnologías diagnósticas y terapéuticas también han contribuido al cambio en el perfil de la mortalidad.
El informe también deja claro que aún hay espacio para mejorar. La mortalidad tratable, aunque reducida, lo ha sido en menor proporción. Esto puede indicar que todavía existen barreras geográficas, financieras o administrativas para acceder a servicios de salud especializados en muchas regiones del país. La baja capacidad resolutiva de algunos hospitales, la fragmentación en la red de atención y los tiempos prolongados de diagnóstico son obstáculos que impiden una mayor reducción en este indicador.
Asimismo, si bien Colombia presenta una esperanza de vida de 77,9 años —superior al promedio regional de 75,9, según la CEPAL (2025)—, esta cifra nacional oculta profundas disparidades internas. Poblaciones rurales, indígenas o en condiciones de pobreza siguen enfrentando riesgos de muerte prematura por causas evitables que ya han sido controladas en otros grupos.
A la luz del debate actual sobre la transformación del sistema de salud colombiano, los resultados presentados por el GES son más que una fotografía histórica. Son una advertencia: el progreso en salud es posible, pero requiere continuidad institucional, inversión sostenida, enfoque preventivo y articulación intersectorial.
“Las cifras dan cuenta de los logros destacados de Colombia en la mejora de la salud de su población, haciendo posible que la gente viva más y mejor”, concluye el boletín. La afirmación no debe leerse como autocomplacencia, sino como una oportunidad para reflexionar sobre qué ha funcionado, qué debe corregirse y cómo se puede avanzar hacia un sistema más equitativo, eficiente y centrado en el bienestar de las personas.
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