MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 277 OCTUBRE DEL AÑO 2021 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com icono facebook icono twitter icono twitter

Queremos tanto a Amy

Por: Damián Rúa Valencia. Magister en Literatura Francesa comparada Universidad de Estrasburgo – Francia
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Hace exactamente diez años, cuando vivía en Colombia, llegué a una reunión de trabajo con el corazón nublado porque no había alcanzado a preparar un informe sobre mis alumnos. Mi jefa, previendo quizás esta desventura en una aciaga mañana de sábado me miró con unos ojos desolados, en el límite de la tristeza. Yo pensé, en un relámpago de desesperación, en las múltiples e interesantes posibilidades laborales que se perfilaban en la vida de alguien que había estudiado filosofía y letras: limpiador de vidrios en los semáforos, paseador de perros y, pongo a Dios por testigo, hasta pensé en una carrera política. Hasta que los lindos ojos morenos de ella se llenaron de unas lágrimas tiernas en el momento de decirme: “se murió Amy Winehouse”.

Debo admitir que nunca había escuchado ese nombre hasta ese día. Me sonaba como a alcohólico empedernido. (Me disculpo por la broma, que ha adquirido un gusto amargo con el tiempo, pero fue lo que pensé en el momento).

Esa mañana todo estaba perdonado. Los estudiantes que a duras penas lograban articular tres palabras en alguna lengua extranjera tenían salvoconducto para obtener un B1, y los que lograban pedir un café con un croissant podían hasta aspirar a hacer parte de una delegación diplomática. Vale decir que los profesores descuidados también podían olvidarse los informes en casa y decir que todos vinimos al mundo con esa lengua universal que es la música.

No hace falta mencionar que nos pasamos toda la mañana escuchando canciones de Amy Winehouse en uno de los salones acolchonados, adaptados para la gente pudiente de Medellín, hasta darle la vuelta al derecho y al revés a todo su repertorio, desde sus meticulosas grabaciones de estudio hasta las últimas presentaciones en concierto, cuando salía a escena con un vaso en la mano, se mandaba una pastilla sospechosa sin hacer el menor esfuerzo por disimular ante la cámara, y entonaba las canciones con una voz plañidera, que más parecía pedir ayuda que divertir.

Desde ese entonces sentí una fascinación por ella que, a pesar del tiempo, no he logrado definir. Tanto así que, harta de escucharla todos los días y a toda hora, mi pareja de esa época me dijo no sin razón: “paracés enamorado de esa vieja: ni que fuera la gran cosa”.

Pero para mí, sí lo era. Tenía una presencia en escena fuera de lo común: salía al escenario con la cara trasnochada, miraba a los músicos como si se los acabara de encontrar y los aplaudía al terminar las canciones con el asombro infantil de quien descubre la música. Y su voz excesiva y su estilo, pese a parecer de otra época, no dejaban de sonar modernos. Era una mezcla extraña entre jazz, ska y hip-hop que ensanchaba los límites de la música pop.

Alguna vez vi una entrevista que le hicieron en la BBC en la que le preguntaban sobre sus influencias musicales y ella nombraba, con un entusiasmo que a mí me sorprendió, a las cantantes de góspel Mahalia Jackson y Aretha Franklin, Carleen Anderson y Sarah Vaughan, además del jazz instrumental y bien complejo de Thelonious Monk. A lo que añadía el dramatismo del grupo femenino Shangri-las, cuyas canciones podía escuchar durante semanas enteras. Hablaba de la música, no como quien cuenta su trabajo, sino con un conocimiento visceral más sincero. Como si la viviera.

La música era algo vital para ella. Y es quizás eso lo que tanto conmueve de sus interpretaciones, que suenan diferente de un concierto a otro: la búsqueda constante de la expresión. En algún otro lugar le escuché decir que lo que le molestaba de la música de nuestra época era la falta de sinceridad. Por eso la letra de sus canciones son como una larga queja en la que aparecen sus desventuras amorosas. Tanto que uno siente que sobrepasa el límite de la decencia. En una de las más famosas, Back to Black, cuenta la ruptura con su exnovio, una historia banal a más no poder, pero relatada con un lenguaje tan personal, casi vulgar, que uno se pregunta si la canción no está escrita, más bien, para ella misma en un intento de explicarse sus propios sentimientos. “He muerto cientos de veces – dice –, tú vuelves a ella y yo vuelvo a la oscuridad”.

En otra, que es a mi parecer una de sus mejores, va más lejos. You Know I’m No Good vuelve a tartar el mismo tema, pero esta vez desmenuzado por el ritmo hip hop y por una narrativa que solo da como pinceladas de una historia de amor bastante turbulenta. Una historia en la que ella está lejos de tener el papel de niña buena. “I told ya, I was trouble, You know that I’m no good”, repite varias veces el famoso coro de la canción.

Los que la conocieron decían que tenía un sentido innato del ritmo y una conexión especial con su arte, en el que veía una puerta de escape, entre otras más destructivas, que la llevaron por caminos dolorosos y trágicos en los que halló también la mayor parte de su inspiración.

Si creemos lo que ella misma decía, siempre estuvo íntimamente ligada a la música: hija de un taxista judío de ascendencia rusa que le cantaba canciones de Frank Sinatra, pertenecía a una familia de músicos que la animaron a inscribirse en clases de canto desde pequeña y seguir una carrera musical. Fruto de ello fueron la creación del efímero grupo de rap Sweet ‘n’ Sour y su hostilidad hacia el ámbito escolar. Más tarde afirmaría incluso haber sido expulsada de la escuela de canto por falta de trabajo y por perforarse la nariz.

Pero lo esencial ya lo había aprendido. Por eso, con apenas veinte años firmó un contrato para grabar su primer disco, Frank, en el que figuran ya, al lado de un par de covers, textos muy personales, con el mismo exhibicionismo de cualquier poeta, pero con una brutalidad y una rudeza que conquistaron a medio mundo. Su segundo y último disco le valieron seis nominaciones a los premios Grammy en el 2008, de los que obtuvo cinco, y a cuya ceremonia no pudo asistir porque el gobierno de los Estados Unidos le había denegado la visa.

Y es que al mismo tiempo que su carrera artística se elevaba, su vida personal se iba hundiendo en la oscuridad que ella misma había predicho. Con un esposo drogadicto en prisión, una propensión a las drogas y al alcohol que, al parecer, le venía de su padre, y un marcado gusto por los excesos, Amy había comenzado el descenso varios años antes de su muerte.

Se había internado en el íntimo mundo de sus canciones, que a todos nos gustan, pero que nadie quisiera vivir. En otra entrevista, dijo que evitaba escucharlas cuando sonaban en la radio, porque cada una era como una puñalada en el corazón. Tanto que, al final, incluso cantarlas en escena le resultaba doloroso y no tenía el mismo efecto catártico del principio.

Ese sábado en que todo el mundo, salvo yo, esperaba con ansias un tercer disco, que nunca grabó, ella sucumbía a un coma etílico, incapaz de superar el síndrome de abstinencia. Incapaz, creo yo, de quitarse la mancha que llevaba en el corazón, que ni la música pudo limpiarle y que, después de su partida, nos dejó en el alma a todos los que, sin saberlo, siempre estuvimos enamorados de ella.


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